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Protocolos de convivencia social y política

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Los casos de Irán y México

Por Baltasar Hernández Gómez.

El Tarof iraní.

El Tarof es un esquema ceremonial que tiene aplicación en Irán para regular comportamientos sociales. Es un compendio amplio y dinámico de palabras, gestos y conductas que los iraníes asumen para intercambiar saludos, desenvolverse en actos públicos y privados, tratar a personas de diferentes clases sociales, familiares y amistades. Aunque algunos sociólogos afirman que el Tarof es una guía protocolaria explícita para quienes lo practican, la verdad es que no, pues los signos comunicativos utilizados tienen un grado extendido de implicitud, que causan dobles sentidos.

Esta etiqueta de socialización resulta complicada de explicar, ya que los códigos parecen evaporarse en un sinfín de laberintos lingüísticos y no verbales. Lo que para occidente parece sumisión y zalamería, para los iraníes es muestra de hospitalidad, humildad y amabilidad. El trato cotidiano y formal de los “persas modernos” exhibe respeto y abnegación, que es condición sine qua non para cerrar paso a posturas soberbias.

Es obvio que la sociedad iraní no es resignada o sumisa, ya que la adaptación de este modelo comunicativo es para convivir por medio de un conjunto de expresiones afables, que dan posibilidad a los interlocutores de “dejarse llevar”, es decir, de optar por la aceptación o rechazo hacia pensamientos o actos que surjan en una circunstancia particular.

Su arraigo data de la etapa feudal donde tenían que “honrarse” los prestigios, otorgando a cada quién lo que le correspondía, de conformidad con la posición económica, social y familiar. El Tarof era una manera de absorber o procurar influencia en gobernantes, amistades y familiares.

Sin embargo, la modernidad ha cambiado los términos: de relaciones interpersonales sumamente elaboradas se pasó a actuaciones específicas, a fin de que prevalezca un entendimiento preciso para erradicar interpretaciones equívocas que retrasen toma de decisiones. En la cultura occidental los sujetos sociales manifiestan su modo de ser de manera explícita, con el propósito de que los procesos económicos, sociales y políticos no se vean interrumpidos por desentendimientos.

El Tarof es una especie de secuela del arraigo a la esfera del poder y ha servido para que no haya una conducción directa. De tal manera se puede decir que es un mecanismo de defensa que pone diques de contención al trato claro y al mismo tiempo rasga parámetros valorativos entre emisores y receptores de los mensajes sociales.

Frecuentemente el Tarof es una secuencia de manifestaciones de buena voluntad, pero al mismo tiempo procedimiento social que complica la decodificación de los envíos comunicativos en una coyuntura dada. Para empezar a entenderlo citaré una formalidad que se usa en la cotidianeidad occidental: al centro de la mesa hay un platón con lasaña recién salida del horno

¿Quién toma el cuchillo para cortar la primera rebanada? ¿El dueño de la casa, la anciana que va de visita, el hijo que acaba de llegar de la secundaria, la esposa o la persona que ayuda en las labores domésticas? Lo normal es que el o la dueña de la casa se levante de su silla para rebanar el platillo y servir las porciones a los invitados. La anciana en primer lugar, luego las mujeres, jóvenes y niños, o bien, los niños, ancianos por delante y posteriormente los demás comensales.

Aunque el jefe de familia, esposa e hijos debieran servirse primero (porque ellos gastaron en suministros o están cansados o hambrientos por las actividades realizadas durante el día) la tradición obliga a ceder la comida a los invitados.

Para el tarof iraní la ocasión serviría para desarrollar un escenario distinto: si alguien lo invita a comer se negaría educadamente a asistir, agradeciendo la esplendidez con múltiples halagos. Se resistiría hasta en tres ocasiones, pero si la persona insiste, luego entonces aceptaría, toda vez, que quedó comprobada la sinceridad del invitante. Obviamente la porción número uno será para el convidado, quien nuevamente rechazaría la oferta otras tres veces hasta acreditar la deferencia.

Otro ejemplo es cuando un hombre se encuentra con un conocido y elogia la hechura de su camisa. El propietario reaccionará ofreciéndola en regalo (gesto que puede ser auténtico o simple ejercicio “tarofiano”). El halagado se desvive por no aceptarlo, exclamando alabanzas por la generosidad del otro. Si las cosas quedan ahí los dos se despedirán pensando que el otro es una persona íntegra y respetuosa.

Si hay aceptación del regalo, el que se apropia de la camisa honrará el desprendimiento, pero el que obsequió podrá lamentarse (para sí) de su promesa o por la osadía del amigo que a esas alturas ya no lo es tanto.

Para la cultura occidental el tarof es recetario de signos ambiguos que suponen deshonestidad o hipocresía, toda vez que el lenguaje oral y corporal admite palabrería amable y cortesías barrocas. No obstante tal interpretación, la semiología empleada no es de fácil entendimiento, por lo que no puede ser encasillado en las tablas axiológicas de la racionalidad liberal.

Actualmente mucha gente puede espantarse por semejantes expresiones, pero esto no debería pasar porque durante muchos siglos -desde el medievo hasta la época victoriana- las conductas sociales fueron altamente confeccionadas con guiños, silogismos, halagos, ademanes pomposos y vestimenta llamativa, con la finalidad de complacer a los poderosos.

A pesar de la opinión de europeos, asiáticos y americanos los iraníes continúan desenvolviéndose con el tarof a flor de piel. Casi nunca elevan decibeles al hablar y se explayan largo tiempo en insistir a otro(s) que pasen primero por una puerta o que tomen asiento. Sus protocolos contienen un repertorio de modales exquisitos, saludos, palmadas y silencios cuando el interlocutor está dialogando.

La mexicaneidad.

Aunque los protocolos sociales en México están regidos por la gentileza nunca llegan a ser “exquisitos”. Los mexicanos emplean un abanico de expresiones corporales y verbales para dar bienvenida, halagar, solicitar, invitar o despedir. Desde el apretón de la mano derecha y los saludos hasta el abrazo efusivo en la espalda. Esto es simbología de cordialidad y entrega que trata de demostrar que el respeto, sinceridad e interés son armas que derriban cualquier inconveniente.

Es habitual que turistas alemanes, holandeses, noruegos, suecos, chinos, ingleses, norteamericanos y canadienses queden sorprendidos ante la amabilidad mexicana. El abrazo, sonrisa, beso en la mejilla y apretón sólido de mano les parece fuera de lugar. Y cómo no si en muchas latitudes el roce o toque táctil es casi inexistente y por eso al sentir en carne propia cortesías se quedan con cara de what.

La sociabilidad en muchos países occidentales es fría: la mano levantada de lejos, sonrisa, mirada y frases estereotipadas son las únicas demostraciones de cordialidad. La mayoría de mexicanos aplica la máxima sólo por hoy, porque no importa si mañana la amistad se esfumó o crece. El momento es lo único que interesa. Mañana Dios dirá, remarca un refrán popular.

Todavía -afortunadamente- el grueso de la mexicaneidad se da a la primera. El familiar, amigo, compañero de trabajo, vecino, el o la que camina junto y de frente, el desconocido y el que es presentado son tratados con afabilidad. Desde un sencillo hola hasta ponerse a sus órdenes son carta de bienvenida. Ni se diga de la invitación a la casa para comer, a observar un partido de fútbol o ir de paseo con la familia, pues son pautas de empalme convivencial para romper hielo o convenir treguas.

Y aunque estos protocolos se conceden con naturalidad en el ámbito social, no sucede lo mismo en el contexto político. La presumible cordialidad de los políticos trae consigo el enmascaramiento de estocadas, dobles lenguajes, reclamos y ajustes de cuentas, que a la menor oportunidad afloran de manera directa, a través de terceros o negación de favores. Los gobernantes y políticos tienen un prontuario de hipocresías: saludan, abrazan, dan besos y se toman la fotografía con ancianas desvalidas, discapacitados, niños pobres, madres solteras, desempleados y gente de la calle para aparentar cercanía y preocupación, ya que se trata de pose para los medios de comunicación impresos y electrónicos.

Después de que el camarógrafo, fotógrafo o reportero efectuó su trabajo, legisladores, gobernadores, presidentes municipales y funcionarios públicos se incorporan apresuradamente a su comitiva para lavarse las manos y el rostro, llegando incluso a cambiarse de vestimenta y ponerse gel sanitizante, a fin de eliminar cualquier bacteria o virus que haya dejado la gente en su cuerpo.

Entre los miembros de la clase política, incrustada por diversos medios de negociación, arreglo o fraude en el sistema político partidocrático, el protocolo aparentemente es uno, pero la verdad es que son muchos a la vez. Dos correligionarios o adversarios pueden encontrarse y saludarse efusivamente, departiendo sonrisas y augurándose futuros espléndidos, pero al mínimo descuido uno o los dos se lanzará al ataque, recurriendo a la táctica de carambola de tres bandas, que dificulta al otro saber cómo se desplazará la bola…………..hasta que ya la tiene adentro de su buchaca.

Cuando un político, gobernante o servidor público exterioriza que va a iniciar una investigación imparcial sobre un caso que involucra a persona u organización es porque al término de horas o días el adversario ya está pisando juzgados acusado de peculado, tortura, asociación delictuosa o ataque sexual. El indiciado devolverá la “deferencia” enviando subrepticiamente, manifiestos, cartas, videos y audios del enemigo haciendo convenciones con miembros defenestrados de la política, economía o crimen organizado. Las sonrisas son algo así como ¡Ya verás cómo te voy a exterminar! porque el que ríe al último carcajea mejor.

Resulta paradójico que este antiprotocolo ofrezca oportunidad de dar lectura inversa, puesto que en repetidos eventos un ataque no lo es: en procesos electorales los contrincantes despliegan campañas propagandísticas hilvanadas con acusaciones e injurias contra opositores, sin embargo, la realidad es que son amigos, parientes o socios, que buscan llamar la atención a toda costa y confundir a los votantes.

En estas escaramuzas quien resulte ganador, obtiene para sí la legalidad del poder, pero el que pierde también triunfa porque le confieren una cantidad considerable de puestos administrativos, concesiones y negocios. En la mente de los políticos no es sustancial que un porcentaje de ciudadanos haya creído las verdades o mentiras en su contra porque es muy corta la memoria histórica y muy grande el cinismo para reciclarse en próximas contiendas.

En la actualidad partidos que se autodenominan progresistas, éticos y de izquierda públicamente se arrojan a la yugular del partido gobernante (PRI) y del presidente de la República para advertir a la sociedad que son autoritarios y vendepatrias, pero en lo subterráneo comen en el mismo plato y se intercambian favores legislativos, pagos extraordinarios y contratos millonarios. Con una mano apuntan a los enemigos y con la otra aceptan cheques o tarjetas de débito cargadas de fortunas. En la otra esquina del ring el mandatario federal y su partido reconocen ante cámaras de televisión que los partidos de oposición son necesarios, pero a ras de piso, desarrollan estrategias y ataques de baja intensidad para desprestigiarlos.

Existe una simbiosis comunicacional, toda vez que los mexicanos perciben desde hace muchos lustros que el lenguaje de la política es simulación. Cuando se esparcen discursos democráticos lo que verdaderamente está diciéndose es que vendrán tiempos con más centralismo y dominación. Cuando se apunta beneficio social es porque en la mayoría de las veces están endureciéndose los canales de participación y distribuyéndose la riqueza nacional en una élite.

**Politólogo, comunicador, catedrático-investigador y asesor.

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Violencia, poder y psique social

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Por Baltasar Hernández Gómez

La violencia no es un efecto, sino causa social que forma parte fundamental para la ejecución de los procesos de dominación. Hablar de violencia no se limita al recuento de daños y perjuicios generados por ciudadanos que rompieron su equilibrio mental, o bien, organismos públicos y privados que provocaron crisis y dolor, sino al conjunto ideológico, cultural y material que está inmerso en las conductas sociales de los individuos y las instituciones, lo cual provoca estragos tangibles e intangibles, tanto en el ámbito físico, psicológico y emocional.

La violencia es un elemento constitutivo del PODER, entendida esta categoría política como la capacidad que posee un individuo o entidad para lograr que otros realicen actos que por sí mismos no llevarían a cabo. Luego entonces, violencia y poder caminan de la mano cuando el ejercicio real de la política (la cual está íntimamente ligada a la Polis, ciudad-Estado, centro, principio y fin de la sociedad y de cada uno de sus miembros) se convierte en una sucesión interminable de intereses particulares o grupales, pero no de las mayorías.

La violencia no se da única y exclusivamente en el seno familiar, en los centros de trabajo o en las relaciones interpersonales, sino sobre todo en las conexiones entre los órganos públicos y el corpus societal cuando se desea imponer -a toda costa- planes y programas de cobertura amplia sin los adecuados consensos.

Basta recordar que uno de los dos aparatos de dominación que integran la estructura de, los Estados nacionales, de acuerdo a la óptica de Althusser, es el represivo, es decir, el conglomerado normativo-legislativo y las fuerzas operativas que resguardan el statu quo establecido.

Así pues, la violencia puede ser conceptualizada de muchas maneras y valorada como mala en la generalidad y buena en hechos específicos, como por ejemplo el castigo a cualquier tipo de actos ilícitos, sin embargo, resulta innegable que es apreciada vívidamente en las golpizas propinadas por un familiar a un hijo, esposa, sobrino e incluso a los ancianos; en la contención de una manifestación opositora a políticas públicas; en el verbo que se estrella en la dignidad de un trabajador manual o intelectual; en el ordenamiento psicológico, físico o emocional que se da a las personas contra su propia voluntad.

La violencia hoy en día ha cobrado magnitudes extremas por el recrudecimiento de la inseguridad, pues la sociedad percibe y siente -en lo muy cercano- los trastornos producidos por asesinatos, extorsiones, secuestros, acosos, prostitución, trata de blancas, pederastia, etc.

Por mucho tiempo la violencia pretendía ocultarse en las paredes de hogares, en los cubículos de oficinas de gobierno, en las empresas privadas, en la soledad o en compañía de testigos mudos y, aunque muchos fingían decirlo voz en alto, los señalamientos eran hechos en la lejanía.

La violencia originada por la aceptación consensuada o a forciori de modelos culturales es la más sentida ¿Cómo no sentirnos indignados por los golpes propinados por padres o familiares contra mujeres, niños y ancianos? ¿Cómo no estremecernos ante la subvaloración del jefe laboral, profesor, líder, político o funcionario que menosprecia y devalúa constantemente a sus subordinados o seguidores?

¿Cómo no preocuparnos ante la crecida del bullying, sexting y mobbing que se practica todos los días ante el silencio, ineptitud o desdén de paterfamilias, autoridades, empresarios, legisladores, políticos, intelectuales, comunicadores, asociaciones civiles, profesionistas y hasta sacerdotes?

Sólo que fuéramos de hierro o de piedra podríamos permanecer insensibles ante la ola de violencia ocasionada por gente que por norma emite regaños en exceso, que golpea, que da “madrizas”, como se dice en lenguaje simple y llano, sin ton ni son, que acosa y despide, que acosa sexualmente, que extorsiona, que presiona y da trato desigual a amigos, novios, esposos, familiares y compañeros de trabajo. Para muchas personas (afortunadamente cada vez menos) la violencia tiene una representación equivocada, pues les significa la falsa entrada al PODER.

Mal conceptualización y pésima materialización, ya que si se grita, golpea, manotea, reprime, castiga o quitan garantías individuales y derechos humanos no quiere decir que se está adquiriendo o acumulando fuerza o capacidad para ser “grandes”. Al contrario, quienes hacen estos infames actos se sumergen en un túnel de difícil salida, que terminan en el camino de la animadversión, soledad, depresión, reclusión y muerte.

Sabiendo lo anterior es imprescindible ubicar que la violencia social, política y económica no se combate prendiendo fuegos, o sea, no es con más violencia como se va a erradicar el trato inhumano hacia nuestros semejantes. En la historia hay lecciones de vida que nos permiten avizorar que las ideas y acciones de paz, tolerancia, inclusión, libertad y equidad van a gestar nuevos pensamientos, pero sobre todo nuevos códigos de comportamiento, que van incrustándose desde la etapa temprana de la niñez, para cimentarlas en las fases juveniles y adultas, en mujeres y hombres por igual. Ahí están prohombres como Gandhi, Martin Luther King, entre otros muchos, que han contribuido con su pensamiento y acción en siglos pasados.

Hay que decirlo y muy claro: la violencia no es un acto natural o entregado como “don” por alguna divinidad. Los humanos no nacemos ni somos violentos por naturaleza. Por tanto, tenemos que considerar a la violencia como una creación eminentemente social, no un fenómeno otorgado por la genética.

Por ello debemos asumir su eliminación para que no siga habiendo sociedades desequilibradas y miserables no sólo en el ámbito económico, sino sobre todo en lo emocional, psicológico y espiritual, que son elementos aparentemente intangibles, pero que cimentan las bases de nuevos seres humanos.

¿Qué hacer? Lo fundamental es erradicar “la cultura del miedo”, ya que éste pierde su función primaria de protección, para convertirse en un estereotipo de vida. La violencia engendra miedo, que pasa en algunos pasos a nivel de terror extremo, el cual provoca, entre otras cosas, un agotamiento emocional aún mayor que los episodios traumáticos de guerra, inclusive.

En este inicio del tercer milenio la violencia va aparejada con la desconfianza, la inseguridad y la poca certidumbre hacia el futuro y por eso es necesario que se ataquen todos los síntomas que producen debilidad y vulnerabilidad personal, así como sensación de desamparo.

Eliminar la violencia en cualquiera de sus configuraciones va a permitir que no se distorsione la naturaleza y la realidad de las cosas y, por encima de todo, va a unificar la red de redes de las relaciones sociales basadas en la confianza, en la solidaridad y compromiso de edificar una ciudad, un estado y un país más próspero y saludable en todos los sentidos, no sólo en lo inmediato, sino a largo plazo.

No hay que olvidar que la violencia no solamente forja relatos de miedo, estragos fisiológicos, que incluyen pulso acelerado, sudoración, temblores corporales, tics nerviosos, exabruptos, enojos, jaquecas, diarreas y fatigas, sino terrores que fracturan el tejido social desde la casa, la escuela, el gobierno y las conductas sociales que se dan a ras del suelo en el mundo de la vida.

La violencia aquí y ahora está, la vemos, olemos y sentimos, pero no por esto debemos aceptarla o darla como un hecho imposible de cambiar. Por tanto, mi ponencia no expone el problema, sino también propone una serie de ideas sustentables, como sigue:

1) Asignaturas curriculares en todos los niveles educativos escolarizados y semiescolarizados;

2) Programas de sensibilización e información sobre el horror que provocan todas las manifestaciones psicológicas y físicas que trae aparejada la violencia;

3) Cursos, talleres que certifiquen la comprensión, aceptación y cumplimiento de una nueva cultura para la construcción de una convivencia social armónica por parte de funcionarios, empleados públicos, miembros de las fuerzas armadas, policías, ministerios públicos, jueces, legisladores, profesores, comunicadores, etc.;

4) Escuela para padres;

5) Programas de concientización sobre los peligros para la salud física, psicológica y emocional de niños, mujeres y adultos mayores de los efectos provocados por la violencia intrafamiliar;

6) Programa de atención y respuesta a personas que viven y sufren la violencia, a través de contactos telefónicos y modulares que den seguimiento;

7) Legislaciones que regulen y castiguen a quienes ejerzan la violencia en todas sus modalidades, y

8) Programa integral de terapias de atención y readaptación para padres, hijos, empleadores, funcionarios públicos, gobernantes, políticos, empresarios, etc.

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Volver a ser un guerrero

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[Un tributo a mi patria chica, el estado de Guerrero, México]

Por Baltasar Hernández Gómez

Soy de la tierra donde los jaguares recorren algunas zonas de la sierra madre occidental. Soy de las costas que inundan de brisa mis actos íntimos y externos. Soy de la montaña que derrama olor y nostalgia de la cultura prehispánica y mestiza. Soy de los valles centrales que con las manos de sus artistas pintan de color jícaras y maderas, para enaltecer casas y recintos.

Soy del terruño caliente que empuja a mujeres y hombres a trabajar con lo que ofrece la naturaleza. Soy del universo geográfico que se va al infinito otorgando sonidos y toques de pasado histórico combinados con modernidad.

Soy del mundo que mucho se habla con la “CH” porque la mayoría somos “chingones” para efectuar tareas cotidianas y porque la misma “CH” no es la suma de la “C” y la “H”, sino una letra cuyo significado se pronuncia con ese golpe de voz tremendo que es “cha, che, chi, cho y chu”, que sabe decir, pero sobre todo hacer sentir la connotación de miles de palabras en el castellano mexicanizado.

Soy garganta que puede deleitarse al tomar “chilate”. Soy cuerpo que anda “chirundo” para que el sol palpe los pliegues de la edad. Soy padre de una “chamaca” que con su risa me hace olvidar perfidias. Soy espectador de lo “chando” en que se ha convertido la vida en algunas ciudades y soy estómago que digiere “enchiladas” de aire con un buen atole de arroz.

Y soy, al igual que otras tres millones ochocientos mil personas, herencia del “aporreadillo”, del “relleno” de “cuche” que se mete en un bolillo cocido a leña. Soy, y al ser, somos el pan costeño que se le llama “ponte duro”, que se remoja en café bajado de Atoyac. Soy y somos el “requesón” y el “jocoque” que visten de blanco los frijoles negros.

No obstante, de ser lo que somos y de que conformamos un ADN de sangre e historia colmada de heroicidad, de escritos universales, de pensadores inmortales, de canciones de amor y pasión, de comida fantástica, de expresiones coloridas en arte y ropa, de costumbres ancestrales que nos reivindican como raza valiente, creativa y noble; nos hemos convertido en piezas de un engranaje social enmohecido que detuvo su andar ante las adversidades.

En lugar de recobrar lo “guerrero” de Guerrero, nos hemos vuelto granos de arena, en entes que no se saben ni reconocen como sujetos activos. Al contrario, de individuos pensantes hemos pasado a formar un ejército de zombis que soportan todo sin hacer nada ante la oleada de barbarie y sin razón.

De “guerreros” hemos pasado a ser la cola del atraso nacional; en voz silenciada que todo acata y que siempre va a la retaguardia, en acción paralizada por el terror, el hastío, la indiferencia y la falta de ganas para ser otra cosa de lo que nos hemos transformado.

En fin, como dice una estrofa musical….”Soy aquel dolor de ser…..”, perdidos en mil filosofías y con las coyunturas del cuerpo adormecidas que admiten la infamia de la miseria política, social y económica como si fuera algo imposible de erradicar.

En el instante sublime que tenemos para transformar las amenazas en oportunidades de crecimiento, devolver los ojos y los corazones a lo humano, de recuperar el amor, la solidaridad, compromiso y solidaridad, para hacer de Guerrero, México y el planeta sitios de convivencia armónica; nos hemos visto opacados, discriminados y despreciados por nosotros mismos.

Las preguntas circundan los pensamientos y nos hay respuestas a bote pronto ¿Cuándo es la hora de la metamorfosis? ¿Hasta que llegue la muerte a las casas? ¿Hasta que estemos falleciendo de hambre por la falta de empleos? ¿Hasta que las enfermedades producidas por la pobreza física y mental nos quiten las fuerzas por vivir?

¿Hasta que nos golpeen, roben, secuestren o desaparezcan? ¿Hasta que los malos políticos nos arrebaten todo el patrimonio que aún nos queda? ¿Hasta que el amigo, vecino, compañero o familiar se conviertan en enemigos por hambre y sed de justicia o simplemente por supervivencia?

Estoy seguro de que no, pues la situación que padecemos (inseguridad, crisis, demérito de valores, autoritarismo, engaños, etc.) debe ser catapulta para que comencemos a participar conscientemente en la construcción de un país con mayor calidad de vida.

Lo único que nos queda por hacer es luchar en nuestros entornos de existencia y así realmente cambiar para bien. Tenemos que luchar para hacer de nuestras casas lugares democráticos, abiertos e incluyentes. Pugnemos porque en nuestros trabajos haya compañerismo para realizar labores que coadyuven a prosperar lo espiritual y material en su justo equilibrio.

Debemos pugnar para salir a las calles y exigir respeto y cumplimiento de las promesas ofertadas en campañas. No queda de otra más que hacer de los guerrerenses “guerreros” para que no haya miserias. Hagamos del estado, de México y la Tierra espacios para el desarrollo igualitario y permanente donde niños, jóvenes y adultos puedan disfrutar de todas las maravillas que nos ofrece el mundo de la vida.

Estoy convencido que un buen plato de pozole verde puede ser la gran ocasión para el regocijo y la recarga de energía. No permitamos que los asesinos de cuerpos y almas nos sigan robando lo que es nuestro. En las marchas se sigue escuchando ¡El pueblo unido jamás será vencido! ¿Será?……………Seguro que sí.

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Elimina a los débiles y a los fracasados

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La reproducción del poder político y el poder de la violencia a través del pensamiento de Nietzsche.

Por Baltasar Hernández Gómez

En el último tercio del siglo XIX Friedrich Nietzsche armó un cuerpo de escritos y reflexiones con la intención de mostrar la actitud despreciativa de los poderosos hacia los desposeídos y la urgencia para reconstruir estructuras sociales, educativas, culturales, con el propósito de procrear lo que él nombró “superhombres”.

Estos tendrían la tarea de salvar al mundo de la mediocridad, asumiendo la redención de la humanidad por medio de la eliminación de los preceptos cristianos que tanto han influido a la civilización occidental.

¡Los débiles y los fracasados deben perecer! fue el grito de guerra para el exterminio de lo que consideraba flaqueza social. El creador de El Anticristo y Así habló Zaratustra, entre otras obras, pudo influenciar a muchas mujeres y hombres del siglo XX que estuvieron o están en un entorno de poder. Uno de los discípulos indirectos de su corriente de pensamiento fue Adolfo Hitler, quien convirtió la doctrina nazi [militarista-discriminatoria-autoritaria-esotérica] en una religión pangermánica durante el periodo 1930-1945.

¿Qué significa dar muerte a débiles y fracasados? El no reconocimiento de las desigualdades en el complejo tejido de las relaciones sociales, pues aceptar que hay fragilidad y desolación en el género humano es lo mismo que validar las múltiples y variadas teorías de superioridad de raza, credo, género o condición económica.

Tal aseveración estuvo dirigida a la defensa del axioma “el pez grande se come al más chico”, tratando de permutar la supervivencia animal en valor supremo de la sociedad. Desde esta óptica muchos Estados contemporáneos y sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales asienten que la debilidad y el fracaso forman parte de la idiosincrasia ciudadana que no está preparada para solventar por sí misma las diferencias entre los que tienen en demasía, los que tienen lo suficiente, los que tienen poco o los que viven infrahumanamente.

¡Allá ellos! Musitan los guardianes del sistema de vida prevaleciente, mientras millones de personas se extimguen en la miseria. El gran porcentaje de ellos desafortunadamente tienen un proceso de vida corto, pues la muerte llega muy rápido por la falta de alimentos, medicinas y alicientes que nutran su cuerpo, intelecto y espiritualidad. Los detentadores del poder político y económico se han erigido en la “casta divina” que se apropió del derecho a dirigir los destinos de las masas. La clase dominante se apropió de los medios de producción y reproducción social negando el acceso de las mayorías al bienestar, sumiéndolas en dependencia absoluta.

Por eso la ideología proyectada desde la cúpula recalca incesantemente que, quienes no pueden educarse, capacitarse, actualizarse y emplearse, ¡Pobres! ¡Ni modo! ¡Así les tocó vivir! ¡No es culpa de nadie! A lo sumo programas asistencialistas, circo y poco, poquísimo pan, para seguir reproduciendo el statu quo.

Lo que es injusticia ha quedado incrustada como filosofía que admite que las desgracias personales y colectivas tienen su origen en la ineptitud: la “élite” cree que millones de personas padecen los estragos de la pobreza porque simplemente no quieren ser mejores.

Desde esta perspectiva, la sociedad tiene la culpa de sus desgracias, porque si no tienen para comer, vestirse, curarse, cultivarse, ejercitarse, albergarse y divertirse es porque no han tenido las “agallas” suficientes para salir de su mediocridad. A los débiles y fracasados hay que proveerlos de misericordia a través de programas coyunturales y panaceas falsas en los tres órdenes de gobierno, que atenuen algunas necesidades básicas, pero no más.

A la fragilidad física y mental se le sobrepone la etiqueta “ecosistema artificial” que funge como parapeto cuya función es la extirpación de elementos dañinos o fuera de lugar. Así pues los autores de la posmodernidad hacen creer que los miserables -más temprano que tarde- enfrentarán crisis existenciales y de sobrevivencia que los llevará a la conformidad total, o bien, al exilio y extinción.

A millones de jóvenes y adultos que requieren bienes y servicios públicos sólo les son devueltas pequeñas dosis de propaganda política y programas temporales para tenerlos en latencia (stand by, utilizando un término anglosajón para determinar latencia), que los orille a aceptar incondicionalmente las propuestas de políticos, gobernantes o empresarios.

Año tras año el desempleo, la carestía y la falta de oportunidades engrosan los batallones de pobres y extremo-pobres que son moldeados en entidades debilitadas que, al no ver concretadas sus aspiraciones a corto y mediano plazo, hacen suyo el reconocimiento de ser fracasados. A estos -diría Nietzsche y partidarios de las ideas publicadas- no deben dárseles ningún tipo de consideraciones, sino eliminarlos en forma paulatina.

En el caso de México quiero subrayar que Porfirio Díaz Mori no cejó en afirmar que el país estaba constituido por adultos ignorantes, ingenuos e improductivos y por ello era imprescindible su figura al frente de la presidencia. Más acá, o sea, desde el inicio del tercer milenio, los presidentes panistas (Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa) han repetido sin cesar que la alternancia, confundida a propósito como transición, debe concretarse poco a poco, remarcando las supuestas bondades del neoconservadurismo que establece que “la fe, esperanza y caridad son los factores que todo lo pueden, a pesar de las adversidades”.

Lo único comprobable ha sido que en cien días o doce años las desigualdades no sólo persistieron, sino que aumentaron exponencialmente. Ya con Peña Nieto la ignorancia fue virtud y con el actual presidente la ignorancia es el grito que debe distinguir a la ciudadanía para que no haya crítica a sus programas de gobierno. Hoy en día con López Obrador las situaciones persisten, pero de utiliza otro tipo de mecanismos de dominación y lenguajes distintos, pero con fines similares.

En la mente de muchos políticos, gobernantes, empresarios, industriales y financieros, militares, jueces y sacerdotes los pobres y fracasados siempre han sido una constante, una especie de mal necesario en las distintas etapas históricas de la humanidad.

Hoy en día son tratados como “daño colateral”, debiendo reconfortárseles con acciones emolientes que disfracen pesares con la premisa de que en una vida futura (más allá de la muerte) podrán encontrar lo negado en el plano físico. En los países del “tercer mundo, emergentes o en vías de desarrollo” las clases subordinadas son los débiles y fracasados, y hacia ellos están dirigidas las baterías de dominación, con el propósito de que todo transite por el riel del progreso para unos pocos.

Las pandemias, el hambre, la inanición, la ignorancia, la segregación, el sentimiento de inferioridad y la desolación son vistas como parte intrínseca de la pertenencia de millones de personas a su estado de miseria.

De esta manera los pobres son vistos como problema soportable, toda vez que sirven para dar persistencia al establishment. “La visión de los vencedores” [parafraseando el título de libro más conocido del historiador Miguel León Portilla La visión de los vencidos, Editorial UNAM, México] persigue inocular en la psique social la idea de que lo mejor es soportarlos porque son mano de obra barata y siempre disponible.

Los poderosos piensan que hay que ayudarlos para que subsistan sin salirse de su indigencia. Hay que dotarlos de lo mínimo para que no exijan más. Hay que idiotizarlos para que no insistan en seguir yendo a las instituciones educativas. Hay que darles cultura a través de productos nacionalistas para que no piensen más allá de sus límites existenciales.

El poder político no sólo es ejercido por la violencia de los aparatos represivos del Estado, por un lado y los grupos del crimen organizado por el otro, sino también por medio de políticas gubernativas que fincan salarios de sobrevivencia; bienes y servicios públicos deplorables, o bien, campañas ideologizantes de temor, conformismo y pasividad.

En la élite existe una infinidad de pensamientos torcidos para argumentar que si los débiles y fracasados mueren por enfermedades, hambre, epidemias descontroladas o por las balas de los bandos en guerra (la lucha de los “buenos” del gobierno contra los “malos” del crimen organizado) habrá otros miles y miles más que los suplan.

Esta filosofía elitista se traduce en insensibilidad, omisión, desprecio, deshonestidad, bajeza e irresponsabilidad, en virtud que la miseria material y espiritual, que se puede sentir en lo concreto de la cotidianeidad, trata de ser revertida como representación simbólica de debilidad y fracaso. Claro está que en esto no hay nada de natural como procura imponer la estructura ideológica del Estado y su clase dominante, pues la penuria nunca ha sido ni será condición humana.

Mientras perdure la desigualdad sistémica los pobres seguirán siendo el hilo más delgado de los lazos sociales, sin embargo, cuando las cuerdas se junten no habrá programas gubernamentales que detengan las acciones ciudadanas que transformen la pobreza en abundancia: si esto fuera así, la debilidad y fracaso serán cambiadas por fortaleza y triunfo. Algún día, claro, algún día.

Lo más seguro es que se seguirán soportando los experimentos de los detentadores del poder, que arrinconan a “los débiles y fracasados” a una guerra sin cuartel donde los saldos son decenas y decenas de miles de cadáveres a consecuencia de hambre, balas, granadas, bombas, inflación, desempleo, extorsiones, secuestros, desapariciones, robos y falta de oportunidades. ¿Hasta cuándo?

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