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LUDOPATÍA Y DESINTEGRACIÓN SOCIAL EN MÉXICO

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Por Baltasar Hernández Gómez.

Las alarmas debieran encenderse con luces destellantes y sirenas estridentes ante la noticia difundida por la Secretaría de Gobernación mediante la cual informa sobre la existencia legal de más de mil casinos en México. Esta cifra obviamente no incluye clubes clandestinos, casas de juegos tolerados y miles de máquinas colocadas en misceláneas y tiendas minoristas, con las que se podría tener una dimensión más exacta del imperio de los juegos de azar.

Aunque incompleta la cifra tiene brillo propio si la comparamos con el número de instituciones universitarias que existen en el país y que están para dotar de capacidades profesionales para que los jóvenes se integren a la vida productiva. Por los efectos directos de la pandemia Covid 19 muchos jóvenes han visto imposibilitado sus sueños de adquirir grados académicos al carecer de medios para que ellos o familiares paguen mensualidades que van de los 3 mil a los 25 mil pesos, o bien, que no tengan acceso a las universidades públicas.

El dato por sí mismo resulta aterrador, pues trasluce que en la segunda década del tercer milenio la idea prevaleciente es que sin opciones para el desarrollo productivo es mejor dedicarse a otras actividades que puedan generar recursos económicos en el menor tiempo posible.

En muchos de los casos hay un pensamiento que flota en el imaginario colectivo: “Vale más un golpe de suerte que estudiar 3, 4 ó 5 años para obtener título y patente profesional. Las poblaciones que destacan por tener mayor operación de casinos son: Tijuana, Baja California (18); Mexicali, Baja California (13); Hermosillo, Sonora (12); Delegación Benito Juárez, Distrito Federal (11); Monterrey, Nuevo León (10) y Zapopan, Jalisco (9), por ejemplo. Y si no es el juego como salida inmediatista, muchos jóvenes y adultos se empiezan a dedicar a la realización de actividades poco transparentes o ilícitas.

La revista Forbes divulgó que la “industria mexicana del entretenimiento” origina más de cincuenta mil empleos directos, doscientos mil indirectos y una derrama superior a 1,700 millones de pesos anuales. Los cálculos más conservadores estiman que más de 5 millones y medio de personas asisten regularmente a los casinos (en tiempos normales sin pandemia) y por ello la tendencia prevista es que los clubes de juego se incrementen paulatinamente, ya que representan un negocio altamente rentable.

Por lo que se ha visto no existen crisis, depresiones, pérdidas individuales o colectivas que detengan a los casinos y a las personas que asisten de manera adictiva (consciente e inconscientemente). La empresa CODERE, que tiene alianza con Grupo Caliente de Jorge Hank Rhon, hijo de Carlos Hank González, político que ocupó encumbrados cargos en administraciones estatales y federales de las décadas de los años setenta hasta los noventa, además de haber concentrado una de las fortunas más grandes del país, comunicó que la industria de los juegos de azar logró recaudación neta de ochocientos millones de dólares en años pasados. Esto fue una perla informativa, pues a partir de 2015 no hay cifras claras dadas a conocer formalmente.

La proliferación de casinos no puede ser vista como captación de dinero o fuente de trabajos a secas, porque su expansión es parte del permiso soterrado para que se perpetren ilicitudes, contubernios, desvío de dinero, corrupción y descomposición social. Aunque iglesias, asociaciones civiles e integrantes de partidos políticos propaguen en público que están contra los casinos, el poder de Televisa, Olegario de los hermanos Vázquez Raña, de Carlos y Joaquín Riva Palacio, y los hermanos Rojas Cardona, entre otros, puede más que advertencias, muertes, atentados (como incendios provocados en Monterrey y ciudad de México) y miserias humanas.

El argumento central de los emisarios del juego es que los casinos son complemento indispensable del turismo y el crecimiento económico. Sin embargo, la realidad demuestra que los casinos no son ninguna panacea económica, sino sitios donde por lo menos prosperan adicciones de todo tipo.

Los recursos que llegan a casas de juego tienen diferentes procedencias: sueldos, empeños, venta de propiedades y valores, hasta robo, secuestro, extorsión y lavado de dinero, y por ello la resultante no es medible únicamente en dividendos y apoyos al desarrollo regional o nacional, sino en las repercusiones sociales que estimulan alcoholismo, drogadicción, prostitución, trata de blanca, blanqueo de dinero con procedenciadudosa y ludopatía. Ésta última es una enfermedad que trastorna la personalidad de los individuos por la extrema dificultad para controlar impulsos en la práctica de uno o más juegos.

La ludopatía afecta la vida cotidiana, a la familia, la convivencia social, trabajo y preservación de la vida, y por esto no debe confundirse como afición o pasatiempo, toda vez que se trata de una enfermedad crónica, degenerativa y mortal. Mientras las fanfarrias retumban con luces y sonidos, las adicciones aparecen a granel y en corto plazo se transmutarán en graves problemas de salud pública.

En un país con pobreza material, emocional y espiritual a millones de personas sólo les queda seguir rodando por el túnel de creencias sobrenaturales, rifas, tandas, negocios ilegales y apuestas.

Y si de apostar se trata, muchos mexicanos recurren al “desafío” de los juegos, que va desde el volado, que es el acto de arrojar una moneda al aire y pedir una de las dos caras, para ver si se gana al retador una bebida, comida, dinero o propiedad; lotería, juegos instantáneos, bingo, naipes, yak y máquinas electrónicas. La creciente incertidumbre laboral y escasísima movilidad socioeconómica han provocado que muchos mexicanos de todas las edades opten por la prostitución, robo, comercio informal, piratería y casinos.

¿Para qué estudiar tantos años si con un golpe de suerte puede resolverse el futuro inmediato? En muchos casos jóvenes, adultos y personas de la tercera edad se vuelcan a gastar lo que tengan o consigan. La sinapsis simbiótica genera el pensamiento de que es preferible estar junto a personas desconocidas, recibiendo sonrisas y pláticas frívolas en un casino o casa de apuestas, que permanecer en una habitación con familiares o amistades. Por tal motivo, les es más “entretenido” apostar que estar flagelándose el alma.

Ante un panorama de desempleo, salarios raquíticos, estrés y sintiendo la “espantosa levedad del ser”, millones de mexicanos acuden a “distraerse y malgastar” en las salas de juego. En el paisaje oculto de la psicología personal, las apuestas por la educación, por la sana convivencia familiar y social son postergadas o arrumbadas en la “tierra del nunca jamás”.

Varias historias……..

El profesionista

Joel obtuvo hace trece años la licenciatura en administración de empresas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es soltero con 39 años de edad y vive con una hermana que todo el tiempo le recrimina que es un fracasado, un don nadie que no tiene dónde caerse muerto. Además de que habla y escribe correctamente el idioma español, maneja a la perfección el inglés y un poco de francés, pero ni así logra conseguir un trabajo digno donde se aprecie su valía y le permita tener una vida honorable.

Después de doce años de trabajar en una empresa productora de pinturas automotrices la rutina le resulta una carga sombría. Se despierta anhelando cataclismos naturales para no asistir a sus obligaciones de llevar el control del inventario del almacén. Evita a toda costa a la señora que vende alimentos afuera del edificio porque le debe dinero y se esconde de los vendedores de ropa, calzado, aparatos electrónicos y lociones que quincenalmente van a cobrarle deudas añejas.

No tiene novia ni compañera para compartir la mitad del sábado y el domingo. Sus experiencias amorosas fueron catastróficas y por eso tiene la convicción de que todas las mujeres sólo ven el signo monetario en la frente de los hombres. Duerme acompañado de un muñeco de acción GI-Joe que abraza con apego obsesivo.

Su camastro tiene un indecente tufo a cerveza y tabaco, pero le sigue siendo útil para soñar que la suerte algún día tocará su puerta y entonces su existencia dará un giro de ciento ochenta grados. Fantasea que ganará el premio mayor de la lotería o el monto acumulado de las máquinas de juego electrónicas donde se sienta horas y horas los fines de semana.

Tiene tres pantalones, 5 camisas, 7 pares de calcetines, 7 camisetas, un par de zapatos remendados, 6 calzoncillos desgastados, un reloj con la carátula de Mickey Mouse que fue regalo de su padre cuando terminó la secundaria, cama, silla y mesa de plástico, así como 23 libros que le recuerdan su paso por ciudad universitaria. No hay anillo en su dedo anular ni cadena de oro que penda de su cuello. Lo poco que alguna vez tuvo fue empeñado y jamás recuperado.

Vive al día, pero busca la ocasión de guardarse unos billetes para seguir jugando compulsivamente. Su físico muestra evidentes síntomas de deterioro, ya que no come bien y está regularmente enfermo del estómago y la garganta. A últimas fechas su apariencia corporal es desaliñada y con semblante de angustia rancia que ni trescientas sesiones de terapia psicológica podrían remediar.

La tremenda crisis existencial que afronta lo ha hecho plantearse que debe acudir con algún hechicero, chamán o brujo para quitarse la “maldición” que corroe sus entrañas. Aún con la hecatombe que sufre no muestra empeño en cambiar hábitos y sigue girando en la vorágine de la perdición. Muchas ocasiones sueña que si las cosas continúan igual se lanzará a las vías del tren subterráneo que circula a dos cuadras de la minúscula habitación donde habita, porque “muerto el perro se acaba la rabia”.

El abandonado.

Miguel tiene 57 años de edad y es divorciado. Empezó a jugar desde los 15 años cuando llenaba quinielas de fútbol a instancias de su padre, que se la pasaba todo el día en un bar de la colonia Roma donde vivía la familia. A los 30 años se aficionó a las carreras de caballos y posteriormente comenzó a jugar póker con un grupo de vecinos. Perdió la hipoteca de su casa y rentó una habitación en la azotea de un edificio del centro de la capital de México.

Derrochó ahorros y pidió su retiro voluntario en el trabajo que había conseguido por recomendación de un primo en la Secretaría de Economía, mismo que dilapidó en cuatro meses. Alcanzó una pensión de 7 mil pesos al mes y debido a las carencias económicas, maltrato psicológico y físico que le propinaba a su esposa, ésta lo abandonó llevándose a sus dos hijos. Desde hace 9 años no sabe sobre su paradero……..ni quiere.

Todos los días, desde las once de la mañana se enclaustra en un casino frente a la Alameda Central y “prueba suerte”, para ver si se le duplican los 200 ó 300 pesos que lleva en su cartera. Puras ilusiones, pues nunca logra su aspiración. Termina perdiendo el dinero después de varias horas en que la colorida y ruidosa máquina de figuras alienígenas le sube temporalmente el monto depositado por medio de tarjeta electrónica, para posteriormente quitárselo. Se queja, llora, patalea y se arrepiente, pero todos los días regresa.

Ha pensado en tirarse del sexto piso donde está ubicado el cuarto que renta, no sin antes pedir perdón a toda la gente que dañó, sin embargo, también le viene el deseo de seguir vivo, vestir bien y comer en restaurantes de categoría. Viendo al techo de su habitación contiene impotencia y guarda deseos suicidas.

Cuando el sosiego retorna encamina su humanidad hacia la sala de juegos donde lo esperan jóvenes de traje negro que sonríen por obligación y decenas de mujeres y hombres que se sientan a su lado, adelante y atrás, teniendo la ilusión de llevarse un premio millonario, ese que a él no le llega, pese a que lleva ocho años ininterrumpidos de asistir al casino.

La complaciente.

Susana es divorciada y tiene 46 años. Sus arrugas, contornos y cabello cano esconden glorias pasadas. Su esposo la dejó hace 3 años porque no soportó sus salidas furtivas, los robos a la caja registradora del negocio de abarrotes que con tantos esfuerzos pusieron y sus constantes ataques de ansiedad mezclados con histeria.

Susy, como le siguen diciendo algunos familiares, comenzó a jugar bingo con amigas de la unidad habitacional donde vivía con Juan, que le insistían que debía distraerse. Se creyó la cantaleta y con tal de no acompañar al marido en el negocio ni sentirse sola, prefirió irse desde temprano a la sala de juegos de Icacos, ubicado en la avenida Costera Miguel Alemán en el puerto de Acapulco, Guerrero, México.

Lo que empezó siendo una distracción se convirtió en un problema del tamaño del mundo. Al poco tiempo las amigas incitadoras desaparecieron, pero ella no se amilanó y continuó asistiendo sola, con la aspiración de agenciarse dinero extra y así adquirir ropa y alhajas que el local de abarrotes no podía darle. Inició jugando en una máquina de “brujitas gritonas” por media hora, luego dos y hoy no se conforma con menos de cuatro horas continuas de estar apretando el botón de apuesta.

En un lugar muy recóndito de la memoria quedó el recuerdo cuando regresó a su casa a las 3 de la madrugada y encontró el departamento casi vacío y una nota encima de la mesa de madera apolillada que servía de comedor. Juan, el que consideraba su Juan, el aguantador por siempre, había escrito en un pedazo de papel cuadriculado: “Te amo, pero no puedo permitir que destroces tu vida frente a mis ojos ni me arrastres a la muerte. Adiós”.

Susana no trabaja, sobrevive de “cooperaciones” que le dan las personas que se sientan junto a ella en la maquinita de juego. Pone cara de mortificación y cuenta fragmentos escogidos de su historia personal. Su melodrama surte efecto y el sentimiento compasivo que provoca atrae pequeños capitales para seguir apostando. Como esto no es suficiente, desde hace diez meses se acerca sigilosamente a hombres muy maduros, pidiéndoles dinero a cambio de favores sexuales en los baños del casino.

Las primeras veces lo hizo con mucha vergüenza, pero ahora no conserva pizca de pudor, ya que la adicción puede más que cualquier principio moral. Se acerca, los ve y les acaricia la entrepierna. Luego avienta un guiño lascivo, indicándoles disimuladamente la entrada al sanitario que se encuentra al fondo del local. En un buen día reúne mil pesos, mismos que casi deja en su totalidad, pues solamente guarda 120 pesos para pagar el taxi que la llevará de vuelta a la pocilga donde habita, un sándwich y una soda.

El paria.

Samuel tiene 33 años y es jugador empedernido. Desde su primer y único empleo formal ocupó un poco más del cincuenta por ciento de salario para apostar. Fue cobrador en una empresa de muebles y quincenalmente sustraía montos de los abonos de clientes para irse al casino.

Un día el gerente hizo arqueo contable y descubrió que la ruta que atendía Sam -como en ciertas ocasiones le decía su madre- era la que presentaba faltantes. Inmediatamente lo despidió con la amenaza de interponer demanda en su contra ante autoridades judiciales, a fin de que quedara largo tiempo en la cárcel. Como nada sucedió siguió deslizándose por el tobogán que conduce al portal del infierno.

Siendo el séptimo de ocho hijos que procreó su madre con 5 hombres diferentes siempre se sintió como animalito que crece solo en la pradera. Cuando logra conversar con alguien manifiesta que su mamá fue de “cascos ligeros”, pero que eso nunca le importó, ya que lo verdaderamente terrible fue que ella padeció de sus facultades mentales. “Soy lo que soy porque ella fue una enferma psicótica que escondió en la ninfomanía sus alucinaciones”, sentencia Samuel cuando su interlocutor de ocasión le palmea el hombro en señal de consolación.

Durante mucho tiempo pudo sostener su adicción vendiendo joyería de plata y oro de la madre y abuela, pero el “tesoro” se acabó. Nunca mantuvo relación estable de pareja porque el juego siempre fue lo primordial. A las novias las citaba en el casino para que lo acompañaran como mironas de palo. Comían el menú económico y al terminarse el dinero las pasaba a dejar -en transporte colectivo- a sus casas. Ninguna de sus conquistas duró más de tres semanas y por eso se acostumbró a andar solo. En este aquelarre de contradicciones llegó al grado de perder todo y ahora es indigente.

Subsiste de hacer encargos a comerciantes del rumbo, quienes le dan 10 pesos por faena. Ante la escasa cuantía que recibe optó por robar mercancía de los puestos ambulantes que ofertan artículos ilegales, tales como discos compactos, ropa, gorras, chamarras, calzado y relojes.

Del botín malbaratado paga la comida del día y la dotación de pastillas Valium para conciliar sueño, las cuales adquiere en el mercado negro situado en la franja fronteriza de Tijuana, Baja California, México.

Su madre está recluida en el hospital psiquiátrico de la localidad y la visita cada seis meses. No va a verla para darle ánimos o víveres, sino para vengarse por lo infame que fue. Le reprocha su locura, haber matado a su padre y no haberle permitido tener una vida normal. Doña Panchis lo oye sin verlo y escurren lágrimas de sus ojos apagados por tanta ingesta de píldoras. La ve con rencor acumulado y muchas veces ha tenido la idea de estrangularla con el mecate que trae puesto de cinturón, pero se conforma con aventarle una letanía de injurias que parecen atiborrar de desazón indescriptible a su progenitora.

Va todos los días al casino Caliente para apostar lo que trae en sus bolsillos y día tras día sale sin nada. Cabizbajo dirige sus pasos al área de tres metros cuadrados que tiene apartado abajo del puente peatonal sur que cruza la avenida Revolución, donde en las madrugadas oye cláxones de automóviles que le recuerdan el tintineo de máquinas tragamonedas. Ahí, rodeado de cartones y mantas raídas, imagina estar en el regazo de su madre.

Lo que sigue…….

La Secretaría de Gobernación (SG) reporta que en el país hay aproximadamente 375 mil máquinas tragamonedas y de éstas el 50% son ilegales y vinculadas con el crimen organizado. El número resulta impresionante, pero más las ganancias que se obtienen: 20 mil millones de pesos.

Tal Secretaría divulgó que existen tres millones de jugadores constantes y de este universo estimado, el 4% [ciento veinte mil personas] está catalogado como ludópatas. Las “tragamonedas” realmente no son cajas de diversión, sino engranes que despiertan y promueven el Leviatán de adicciones que van orillando a la población al delito, disgregación familiar y social.

Aunque la previsión institucional establece que la adicción al juego es nefasta para adultos, jóvenes y niños, y que se están decomisando miles de “maquinitas” ilegales, la postura final es que no puede prohibirse el juego, sino controlarlo para que no generar clandestinidad. Ajá, decía mi tío abuelo Cutberto.

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Violencia, poder y psique social

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Por Baltasar Hernández Gómez

La violencia no es un efecto, sino causa social que forma parte fundamental para la ejecución de los procesos de dominación. Hablar de violencia no se limita al recuento de daños y perjuicios generados por ciudadanos que rompieron su equilibrio mental, o bien, organismos públicos y privados que provocaron crisis y dolor, sino al conjunto ideológico, cultural y material que está inmerso en las conductas sociales de los individuos y las instituciones, lo cual provoca estragos tangibles e intangibles, tanto en el ámbito físico, psicológico y emocional.

La violencia es un elemento constitutivo del PODER, entendida esta categoría política como la capacidad que posee un individuo o entidad para lograr que otros realicen actos que por sí mismos no llevarían a cabo. Luego entonces, violencia y poder caminan de la mano cuando el ejercicio real de la política (la cual está íntimamente ligada a la Polis, ciudad-Estado, centro, principio y fin de la sociedad y de cada uno de sus miembros) se convierte en una sucesión interminable de intereses particulares o grupales, pero no de las mayorías.

La violencia no se da única y exclusivamente en el seno familiar, en los centros de trabajo o en las relaciones interpersonales, sino sobre todo en las conexiones entre los órganos públicos y el corpus societal cuando se desea imponer -a toda costa- planes y programas de cobertura amplia sin los adecuados consensos.

Basta recordar que uno de los dos aparatos de dominación que integran la estructura de, los Estados nacionales, de acuerdo a la óptica de Althusser, es el represivo, es decir, el conglomerado normativo-legislativo y las fuerzas operativas que resguardan el statu quo establecido.

Así pues, la violencia puede ser conceptualizada de muchas maneras y valorada como mala en la generalidad y buena en hechos específicos, como por ejemplo el castigo a cualquier tipo de actos ilícitos, sin embargo, resulta innegable que es apreciada vívidamente en las golpizas propinadas por un familiar a un hijo, esposa, sobrino e incluso a los ancianos; en la contención de una manifestación opositora a políticas públicas; en el verbo que se estrella en la dignidad de un trabajador manual o intelectual; en el ordenamiento psicológico, físico o emocional que se da a las personas contra su propia voluntad.

La violencia hoy en día ha cobrado magnitudes extremas por el recrudecimiento de la inseguridad, pues la sociedad percibe y siente -en lo muy cercano- los trastornos producidos por asesinatos, extorsiones, secuestros, acosos, prostitución, trata de blancas, pederastia, etc.

Por mucho tiempo la violencia pretendía ocultarse en las paredes de hogares, en los cubículos de oficinas de gobierno, en las empresas privadas, en la soledad o en compañía de testigos mudos y, aunque muchos fingían decirlo voz en alto, los señalamientos eran hechos en la lejanía.

La violencia originada por la aceptación consensuada o a forciori de modelos culturales es la más sentida ¿Cómo no sentirnos indignados por los golpes propinados por padres o familiares contra mujeres, niños y ancianos? ¿Cómo no estremecernos ante la subvaloración del jefe laboral, profesor, líder, político o funcionario que menosprecia y devalúa constantemente a sus subordinados o seguidores?

¿Cómo no preocuparnos ante la crecida del bullying, sexting y mobbing que se practica todos los días ante el silencio, ineptitud o desdén de paterfamilias, autoridades, empresarios, legisladores, políticos, intelectuales, comunicadores, asociaciones civiles, profesionistas y hasta sacerdotes?

Sólo que fuéramos de hierro o de piedra podríamos permanecer insensibles ante la ola de violencia ocasionada por gente que por norma emite regaños en exceso, que golpea, que da “madrizas”, como se dice en lenguaje simple y llano, sin ton ni son, que acosa y despide, que acosa sexualmente, que extorsiona, que presiona y da trato desigual a amigos, novios, esposos, familiares y compañeros de trabajo. Para muchas personas (afortunadamente cada vez menos) la violencia tiene una representación equivocada, pues les significa la falsa entrada al PODER.

Mal conceptualización y pésima materialización, ya que si se grita, golpea, manotea, reprime, castiga o quitan garantías individuales y derechos humanos no quiere decir que se está adquiriendo o acumulando fuerza o capacidad para ser “grandes”. Al contrario, quienes hacen estos infames actos se sumergen en un túnel de difícil salida, que terminan en el camino de la animadversión, soledad, depresión, reclusión y muerte.

Sabiendo lo anterior es imprescindible ubicar que la violencia social, política y económica no se combate prendiendo fuegos, o sea, no es con más violencia como se va a erradicar el trato inhumano hacia nuestros semejantes. En la historia hay lecciones de vida que nos permiten avizorar que las ideas y acciones de paz, tolerancia, inclusión, libertad y equidad van a gestar nuevos pensamientos, pero sobre todo nuevos códigos de comportamiento, que van incrustándose desde la etapa temprana de la niñez, para cimentarlas en las fases juveniles y adultas, en mujeres y hombres por igual. Ahí están prohombres como Gandhi, Martin Luther King, entre otros muchos, que han contribuido con su pensamiento y acción en siglos pasados.

Hay que decirlo y muy claro: la violencia no es un acto natural o entregado como “don” por alguna divinidad. Los humanos no nacemos ni somos violentos por naturaleza. Por tanto, tenemos que considerar a la violencia como una creación eminentemente social, no un fenómeno otorgado por la genética.

Por ello debemos asumir su eliminación para que no siga habiendo sociedades desequilibradas y miserables no sólo en el ámbito económico, sino sobre todo en lo emocional, psicológico y espiritual, que son elementos aparentemente intangibles, pero que cimentan las bases de nuevos seres humanos.

¿Qué hacer? Lo fundamental es erradicar “la cultura del miedo”, ya que éste pierde su función primaria de protección, para convertirse en un estereotipo de vida. La violencia engendra miedo, que pasa en algunos pasos a nivel de terror extremo, el cual provoca, entre otras cosas, un agotamiento emocional aún mayor que los episodios traumáticos de guerra, inclusive.

En este inicio del tercer milenio la violencia va aparejada con la desconfianza, la inseguridad y la poca certidumbre hacia el futuro y por eso es necesario que se ataquen todos los síntomas que producen debilidad y vulnerabilidad personal, así como sensación de desamparo.

Eliminar la violencia en cualquiera de sus configuraciones va a permitir que no se distorsione la naturaleza y la realidad de las cosas y, por encima de todo, va a unificar la red de redes de las relaciones sociales basadas en la confianza, en la solidaridad y compromiso de edificar una ciudad, un estado y un país más próspero y saludable en todos los sentidos, no sólo en lo inmediato, sino a largo plazo.

No hay que olvidar que la violencia no solamente forja relatos de miedo, estragos fisiológicos, que incluyen pulso acelerado, sudoración, temblores corporales, tics nerviosos, exabruptos, enojos, jaquecas, diarreas y fatigas, sino terrores que fracturan el tejido social desde la casa, la escuela, el gobierno y las conductas sociales que se dan a ras del suelo en el mundo de la vida.

La violencia aquí y ahora está, la vemos, olemos y sentimos, pero no por esto debemos aceptarla o darla como un hecho imposible de cambiar. Por tanto, mi ponencia no expone el problema, sino también propone una serie de ideas sustentables, como sigue:

1) Asignaturas curriculares en todos los niveles educativos escolarizados y semiescolarizados;

2) Programas de sensibilización e información sobre el horror que provocan todas las manifestaciones psicológicas y físicas que trae aparejada la violencia;

3) Cursos, talleres que certifiquen la comprensión, aceptación y cumplimiento de una nueva cultura para la construcción de una convivencia social armónica por parte de funcionarios, empleados públicos, miembros de las fuerzas armadas, policías, ministerios públicos, jueces, legisladores, profesores, comunicadores, etc.;

4) Escuela para padres;

5) Programas de concientización sobre los peligros para la salud física, psicológica y emocional de niños, mujeres y adultos mayores de los efectos provocados por la violencia intrafamiliar;

6) Programa de atención y respuesta a personas que viven y sufren la violencia, a través de contactos telefónicos y modulares que den seguimiento;

7) Legislaciones que regulen y castiguen a quienes ejerzan la violencia en todas sus modalidades, y

8) Programa integral de terapias de atención y readaptación para padres, hijos, empleadores, funcionarios públicos, gobernantes, políticos, empresarios, etc.

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Volver a ser un guerrero

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[Un tributo a mi patria chica, el estado de Guerrero, México]

Por Baltasar Hernández Gómez

Soy de la tierra donde los jaguares recorren algunas zonas de la sierra madre occidental. Soy de las costas que inundan de brisa mis actos íntimos y externos. Soy de la montaña que derrama olor y nostalgia de la cultura prehispánica y mestiza. Soy de los valles centrales que con las manos de sus artistas pintan de color jícaras y maderas, para enaltecer casas y recintos.

Soy del terruño caliente que empuja a mujeres y hombres a trabajar con lo que ofrece la naturaleza. Soy del universo geográfico que se va al infinito otorgando sonidos y toques de pasado histórico combinados con modernidad.

Soy del mundo que mucho se habla con la “CH” porque la mayoría somos “chingones” para efectuar tareas cotidianas y porque la misma “CH” no es la suma de la “C” y la “H”, sino una letra cuyo significado se pronuncia con ese golpe de voz tremendo que es “cha, che, chi, cho y chu”, que sabe decir, pero sobre todo hacer sentir la connotación de miles de palabras en el castellano mexicanizado.

Soy garganta que puede deleitarse al tomar “chilate”. Soy cuerpo que anda “chirundo” para que el sol palpe los pliegues de la edad. Soy padre de una “chamaca” que con su risa me hace olvidar perfidias. Soy espectador de lo “chando” en que se ha convertido la vida en algunas ciudades y soy estómago que digiere “enchiladas” de aire con un buen atole de arroz.

Y soy, al igual que otras tres millones ochocientos mil personas, herencia del “aporreadillo”, del “relleno” de “cuche” que se mete en un bolillo cocido a leña. Soy, y al ser, somos el pan costeño que se le llama “ponte duro”, que se remoja en café bajado de Atoyac. Soy y somos el “requesón” y el “jocoque” que visten de blanco los frijoles negros.

No obstante, de ser lo que somos y de que conformamos un ADN de sangre e historia colmada de heroicidad, de escritos universales, de pensadores inmortales, de canciones de amor y pasión, de comida fantástica, de expresiones coloridas en arte y ropa, de costumbres ancestrales que nos reivindican como raza valiente, creativa y noble; nos hemos convertido en piezas de un engranaje social enmohecido que detuvo su andar ante las adversidades.

En lugar de recobrar lo “guerrero” de Guerrero, nos hemos vuelto granos de arena, en entes que no se saben ni reconocen como sujetos activos. Al contrario, de individuos pensantes hemos pasado a formar un ejército de zombis que soportan todo sin hacer nada ante la oleada de barbarie y sin razón.

De “guerreros” hemos pasado a ser la cola del atraso nacional; en voz silenciada que todo acata y que siempre va a la retaguardia, en acción paralizada por el terror, el hastío, la indiferencia y la falta de ganas para ser otra cosa de lo que nos hemos transformado.

En fin, como dice una estrofa musical….”Soy aquel dolor de ser…..”, perdidos en mil filosofías y con las coyunturas del cuerpo adormecidas que admiten la infamia de la miseria política, social y económica como si fuera algo imposible de erradicar.

En el instante sublime que tenemos para transformar las amenazas en oportunidades de crecimiento, devolver los ojos y los corazones a lo humano, de recuperar el amor, la solidaridad, compromiso y solidaridad, para hacer de Guerrero, México y el planeta sitios de convivencia armónica; nos hemos visto opacados, discriminados y despreciados por nosotros mismos.

Las preguntas circundan los pensamientos y nos hay respuestas a bote pronto ¿Cuándo es la hora de la metamorfosis? ¿Hasta que llegue la muerte a las casas? ¿Hasta que estemos falleciendo de hambre por la falta de empleos? ¿Hasta que las enfermedades producidas por la pobreza física y mental nos quiten las fuerzas por vivir?

¿Hasta que nos golpeen, roben, secuestren o desaparezcan? ¿Hasta que los malos políticos nos arrebaten todo el patrimonio que aún nos queda? ¿Hasta que el amigo, vecino, compañero o familiar se conviertan en enemigos por hambre y sed de justicia o simplemente por supervivencia?

Estoy seguro de que no, pues la situación que padecemos (inseguridad, crisis, demérito de valores, autoritarismo, engaños, etc.) debe ser catapulta para que comencemos a participar conscientemente en la construcción de un país con mayor calidad de vida.

Lo único que nos queda por hacer es luchar en nuestros entornos de existencia y así realmente cambiar para bien. Tenemos que luchar para hacer de nuestras casas lugares democráticos, abiertos e incluyentes. Pugnemos porque en nuestros trabajos haya compañerismo para realizar labores que coadyuven a prosperar lo espiritual y material en su justo equilibrio.

Debemos pugnar para salir a las calles y exigir respeto y cumplimiento de las promesas ofertadas en campañas. No queda de otra más que hacer de los guerrerenses “guerreros” para que no haya miserias. Hagamos del estado, de México y la Tierra espacios para el desarrollo igualitario y permanente donde niños, jóvenes y adultos puedan disfrutar de todas las maravillas que nos ofrece el mundo de la vida.

Estoy convencido que un buen plato de pozole verde puede ser la gran ocasión para el regocijo y la recarga de energía. No permitamos que los asesinos de cuerpos y almas nos sigan robando lo que es nuestro. En las marchas se sigue escuchando ¡El pueblo unido jamás será vencido! ¿Será?……………Seguro que sí.

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Elimina a los débiles y a los fracasados

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La reproducción del poder político y el poder de la violencia a través del pensamiento de Nietzsche.

Por Baltasar Hernández Gómez

En el último tercio del siglo XIX Friedrich Nietzsche armó un cuerpo de escritos y reflexiones con la intención de mostrar la actitud despreciativa de los poderosos hacia los desposeídos y la urgencia para reconstruir estructuras sociales, educativas, culturales, con el propósito de procrear lo que él nombró “superhombres”.

Estos tendrían la tarea de salvar al mundo de la mediocridad, asumiendo la redención de la humanidad por medio de la eliminación de los preceptos cristianos que tanto han influido a la civilización occidental.

¡Los débiles y los fracasados deben perecer! fue el grito de guerra para el exterminio de lo que consideraba flaqueza social. El creador de El Anticristo y Así habló Zaratustra, entre otras obras, pudo influenciar a muchas mujeres y hombres del siglo XX que estuvieron o están en un entorno de poder. Uno de los discípulos indirectos de su corriente de pensamiento fue Adolfo Hitler, quien convirtió la doctrina nazi [militarista-discriminatoria-autoritaria-esotérica] en una religión pangermánica durante el periodo 1930-1945.

¿Qué significa dar muerte a débiles y fracasados? El no reconocimiento de las desigualdades en el complejo tejido de las relaciones sociales, pues aceptar que hay fragilidad y desolación en el género humano es lo mismo que validar las múltiples y variadas teorías de superioridad de raza, credo, género o condición económica.

Tal aseveración estuvo dirigida a la defensa del axioma “el pez grande se come al más chico”, tratando de permutar la supervivencia animal en valor supremo de la sociedad. Desde esta óptica muchos Estados contemporáneos y sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales asienten que la debilidad y el fracaso forman parte de la idiosincrasia ciudadana que no está preparada para solventar por sí misma las diferencias entre los que tienen en demasía, los que tienen lo suficiente, los que tienen poco o los que viven infrahumanamente.

¡Allá ellos! Musitan los guardianes del sistema de vida prevaleciente, mientras millones de personas se extimguen en la miseria. El gran porcentaje de ellos desafortunadamente tienen un proceso de vida corto, pues la muerte llega muy rápido por la falta de alimentos, medicinas y alicientes que nutran su cuerpo, intelecto y espiritualidad. Los detentadores del poder político y económico se han erigido en la “casta divina” que se apropió del derecho a dirigir los destinos de las masas. La clase dominante se apropió de los medios de producción y reproducción social negando el acceso de las mayorías al bienestar, sumiéndolas en dependencia absoluta.

Por eso la ideología proyectada desde la cúpula recalca incesantemente que, quienes no pueden educarse, capacitarse, actualizarse y emplearse, ¡Pobres! ¡Ni modo! ¡Así les tocó vivir! ¡No es culpa de nadie! A lo sumo programas asistencialistas, circo y poco, poquísimo pan, para seguir reproduciendo el statu quo.

Lo que es injusticia ha quedado incrustada como filosofía que admite que las desgracias personales y colectivas tienen su origen en la ineptitud: la “élite” cree que millones de personas padecen los estragos de la pobreza porque simplemente no quieren ser mejores.

Desde esta perspectiva, la sociedad tiene la culpa de sus desgracias, porque si no tienen para comer, vestirse, curarse, cultivarse, ejercitarse, albergarse y divertirse es porque no han tenido las “agallas” suficientes para salir de su mediocridad. A los débiles y fracasados hay que proveerlos de misericordia a través de programas coyunturales y panaceas falsas en los tres órdenes de gobierno, que atenuen algunas necesidades básicas, pero no más.

A la fragilidad física y mental se le sobrepone la etiqueta “ecosistema artificial” que funge como parapeto cuya función es la extirpación de elementos dañinos o fuera de lugar. Así pues los autores de la posmodernidad hacen creer que los miserables -más temprano que tarde- enfrentarán crisis existenciales y de sobrevivencia que los llevará a la conformidad total, o bien, al exilio y extinción.

A millones de jóvenes y adultos que requieren bienes y servicios públicos sólo les son devueltas pequeñas dosis de propaganda política y programas temporales para tenerlos en latencia (stand by, utilizando un término anglosajón para determinar latencia), que los orille a aceptar incondicionalmente las propuestas de políticos, gobernantes o empresarios.

Año tras año el desempleo, la carestía y la falta de oportunidades engrosan los batallones de pobres y extremo-pobres que son moldeados en entidades debilitadas que, al no ver concretadas sus aspiraciones a corto y mediano plazo, hacen suyo el reconocimiento de ser fracasados. A estos -diría Nietzsche y partidarios de las ideas publicadas- no deben dárseles ningún tipo de consideraciones, sino eliminarlos en forma paulatina.

En el caso de México quiero subrayar que Porfirio Díaz Mori no cejó en afirmar que el país estaba constituido por adultos ignorantes, ingenuos e improductivos y por ello era imprescindible su figura al frente de la presidencia. Más acá, o sea, desde el inicio del tercer milenio, los presidentes panistas (Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa) han repetido sin cesar que la alternancia, confundida a propósito como transición, debe concretarse poco a poco, remarcando las supuestas bondades del neoconservadurismo que establece que “la fe, esperanza y caridad son los factores que todo lo pueden, a pesar de las adversidades”.

Lo único comprobable ha sido que en cien días o doce años las desigualdades no sólo persistieron, sino que aumentaron exponencialmente. Ya con Peña Nieto la ignorancia fue virtud y con el actual presidente la ignorancia es el grito que debe distinguir a la ciudadanía para que no haya crítica a sus programas de gobierno. Hoy en día con López Obrador las situaciones persisten, pero de utiliza otro tipo de mecanismos de dominación y lenguajes distintos, pero con fines similares.

En la mente de muchos políticos, gobernantes, empresarios, industriales y financieros, militares, jueces y sacerdotes los pobres y fracasados siempre han sido una constante, una especie de mal necesario en las distintas etapas históricas de la humanidad.

Hoy en día son tratados como “daño colateral”, debiendo reconfortárseles con acciones emolientes que disfracen pesares con la premisa de que en una vida futura (más allá de la muerte) podrán encontrar lo negado en el plano físico. En los países del “tercer mundo, emergentes o en vías de desarrollo” las clases subordinadas son los débiles y fracasados, y hacia ellos están dirigidas las baterías de dominación, con el propósito de que todo transite por el riel del progreso para unos pocos.

Las pandemias, el hambre, la inanición, la ignorancia, la segregación, el sentimiento de inferioridad y la desolación son vistas como parte intrínseca de la pertenencia de millones de personas a su estado de miseria.

De esta manera los pobres son vistos como problema soportable, toda vez que sirven para dar persistencia al establishment. “La visión de los vencedores” [parafraseando el título de libro más conocido del historiador Miguel León Portilla La visión de los vencidos, Editorial UNAM, México] persigue inocular en la psique social la idea de que lo mejor es soportarlos porque son mano de obra barata y siempre disponible.

Los poderosos piensan que hay que ayudarlos para que subsistan sin salirse de su indigencia. Hay que dotarlos de lo mínimo para que no exijan más. Hay que idiotizarlos para que no insistan en seguir yendo a las instituciones educativas. Hay que darles cultura a través de productos nacionalistas para que no piensen más allá de sus límites existenciales.

El poder político no sólo es ejercido por la violencia de los aparatos represivos del Estado, por un lado y los grupos del crimen organizado por el otro, sino también por medio de políticas gubernativas que fincan salarios de sobrevivencia; bienes y servicios públicos deplorables, o bien, campañas ideologizantes de temor, conformismo y pasividad.

En la élite existe una infinidad de pensamientos torcidos para argumentar que si los débiles y fracasados mueren por enfermedades, hambre, epidemias descontroladas o por las balas de los bandos en guerra (la lucha de los “buenos” del gobierno contra los “malos” del crimen organizado) habrá otros miles y miles más que los suplan.

Esta filosofía elitista se traduce en insensibilidad, omisión, desprecio, deshonestidad, bajeza e irresponsabilidad, en virtud que la miseria material y espiritual, que se puede sentir en lo concreto de la cotidianeidad, trata de ser revertida como representación simbólica de debilidad y fracaso. Claro está que en esto no hay nada de natural como procura imponer la estructura ideológica del Estado y su clase dominante, pues la penuria nunca ha sido ni será condición humana.

Mientras perdure la desigualdad sistémica los pobres seguirán siendo el hilo más delgado de los lazos sociales, sin embargo, cuando las cuerdas se junten no habrá programas gubernamentales que detengan las acciones ciudadanas que transformen la pobreza en abundancia: si esto fuera así, la debilidad y fracaso serán cambiadas por fortaleza y triunfo. Algún día, claro, algún día.

Lo más seguro es que se seguirán soportando los experimentos de los detentadores del poder, que arrinconan a “los débiles y fracasados” a una guerra sin cuartel donde los saldos son decenas y decenas de miles de cadáveres a consecuencia de hambre, balas, granadas, bombas, inflación, desempleo, extorsiones, secuestros, desapariciones, robos y falta de oportunidades. ¿Hasta cuándo?

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