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El juego democrático de la mentira en México

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Por Baltasar Hernández Gómez

La cultura democrática existente está enfundada en la obtención de legalidad por medio del voto ciudadano y no en la legitimación de proyectos políticos que resuelvan, con la participación societal, los conflictos y necesidades que persisten en la realidad.

En México la democracia no es una forma de vida para desarrollar todas las potencialidades humanas, sino una red de procesos verticales que impone una visión de sometimiento a ideales reconvenidos por el subsistema partidocrático que acapara para sí las vías de acceso a la política.

Las elecciones se vuelven el pináculo de la dinámica a la que deben someterse las mujeres y hombres mayores de edad, para supuestamente diseñar un mejor país. La democracia mexicana es entonces un simple y llano proceso de democratización, es decir, concesiones y prerrogativas que van abriendo los organismos de la sociedad política, verbigracia Estado, apretando aquí, ajustando allá, con el objetivo de conservar la hegemonía de la élite gobernante.

En el juego de hacer creer que la democracia mexicana es perfectible y que es el modo de vida más idóneo para convivir doméstica y globalmente sin injusticias, la sociedad civil es presionada a interiorizar que si se suma al proselitismo electoral, razonamientos de partidos, candidatos, medios de comunicación y a la idea acomodaticia de que es mejor tener amigos o aliados para conseguir puestos o favores, y con ello se cree estar construyendo una Nación más próspera.

Nada más alejado de la verdad, porque este paradigma inmoviliza cualquier acción propositiva que incluya programas y acciones que intervengan positivamente en la calidad de vida ciudadana. Sólo queda acoplarse -lo mejor posible- a las instituciones Estatales encargadas de organizar, operar y sancionar las elecciones cada 3 ó 6 años, de acuerdo al calendario de renovación de los Poderes Legislativo y Ejecutivo.

Durante un periodo aproximado de 90 días, los partidos políticos, que son los propietarios de los canales de inserción y participación política, apoyados por los aparatos gubernamentales, buscan con desmesura el convencimiento de las masas votantes para que entreguen su sufragio a cualquier instituto que presenta un proyecto utópico de bienestar.

El abanico de partidos es grande, pero más grande es el ansia de perpetuar los controles sociopolíticos, a través de una participación acotada de millones de mexicanos que sólo cumplen con la obligatoriedad de sentirse ciudadanos ejemplares, para luego ser empujados a refugiarse en la comodidad de sus hogares, trabajos y círculos sociales.

Y no es que la sociedad sea la culpable de que todo siga igual, sino que así ha sido educada para adecuarse a los parámetros de aceptar la selección de candidatos y sentir que no hay más por hacer. Lo cierto es que hay un apoderamiento de la representación de que las urnas son el clímax, el máximo alcance que pueden lograr los mortales mediatizados, pero no más.

Aunque persiste el dogma de que no hay nada más allá de la democracia vertical, que está opuesta a la de democracia participativa en el nivel horizontal (la cual se debiera dar como natural y única en todas y cada una de las realizaciones que se realizan en el hogar, escuela, trabajo y relaciones interpersonales), las cifras electorales expresan que la sociedad cree cada vez menos en este modelo pasivo.

Y cómo no: legisladores y gobernantes ineficaces y corruptos; partidos que negocian con los opositores para lograr prebendas, dinero y empleos para amigos, compadres y familiares; enriquecimientos ilícitos e inexplicables; olvido de promesas; menos servicios públicos con calidad y oportunidad; más cargas hacendarias; mayor violencia por omisión, contubernio y negligencia; creciente e imparable pobreza económica; son sólo algunos indicadores tangibles de que lo que se vive en el renglón de “lo político” es un engaño por los cuatro costados.

La abstención es un fenómeno casi imparable, pero aun así el INE, las dependencias federales, estatales y municipales, partidos políticos y la clase empresarial se desviven por seguir preservando al sistema que los ha favorecido con riquezas, prestigio, impunidad e impudicia.

No obstante las cantidades exorbitantes que se erogan en publicidad, gastos de campaña, presupuestos para la manutención de los partidos, funcionarios del IFE y Trife, Poder Legislativo y despachos gubernamentales, que representan una afrenta a la clase media y a los más de 57 millones de pobres y extremo pobres de México; los ciudadanos enajenados por la culturización política sólo reciben colores, contornos y patrañas de la farándula social, política, así como del mundo del espectáculo, optando por el camino más próximo: el enfado, abstencionismo, crítica y resignación.

Ya apropiados de la curul u oficina de algún nivel de gobierno, los políticos y funcionarios padecen de amnesia, pues se olvidan de proyectos y promesas, que muchas ocasiones son hasta firmadas ante fedatarios públicos, pero sobre todo del compromiso de construir honesta y decididamente un país de “todos” y para “todos”.

Primero adoptan un mensaje de protección: hay que analizar las demandas hasta las profundidades más recónditas antes de actuar; hay que cuidar lo que se tiene y evitar movilizaciones de protestas; hay que admitir los ajustes de austeridad, la inflación, los despidos, el abandono de las causas más sentidas de la población, porque la Patria no está en condiciones de cumplir con sus hijas e hijos.

Posteriormente los investidos en ropajes republicanos, dignos émulos del Senado romano en tiempos imperiales, empiezan a presionar para que sus dietas, viáticos, pasajes, nómina personal y gastos diversos se incrementen, para asegurar en el tiempo de su mandato, un porvenir que les permita soportar las críticas, el ostracismo o hasta las acusaciones que pudieran haber en su contra posteriormente.

Los votantes –de acuerdo a esta lógica de Poder- ya cumplieron con el cometido de ir a las urnas y ahora tendrán que soportar lo que venga, porque seguramente habrá otros atrás de ellos que renueven la quimera de “borrón y cuenta nueva”, para seguir aspirando a un México justo y rebosante de bonanza.

La indiferencia y el olvido dan cabida a uno de los pecados más perversos de los políticos, que es la desfachatez de “no ver, no oír y no hablar”, permitiendo que se repita la cruda realidad que subsume a las mayorías nacionales en la miseria social, económica, política y moral.

Este comportamiento no es otra cosa más que cinismo superlativo que encrespa y llena de desventura a la sociedad, la cual impedida a revocar mandatos, se limita a criticar en corto.

La desazón generalizada es el escudo protector de los desventurados que persiguen la consecución de sus intereses personales y grupales, pues hoy en día lo que no es masivo, llamativo y no aparece en los medios de comunicación sencillamente no existe. Nacidos, amamantados y preservados en un sistema autoritario, de partido único y hasta hace 21 años en un juego de partidos comparsas, los ciudadanos no alcanzan a visualizar que el Poder y la democracia real nunca están en juego, porque simplemente se trata de una recreación de estructuras simuladoras de lucha sociopolítica, enmarcada en los dimes y diretes que se difunden en la arena electoral con “gladiadores” ataviados con atuendos y máscaras multicolores.

Antes del acomodo, cuando los políticos sólo son aspirantes o precandidatos ofrecen su palabra de honor y se desgarran vestiduras ante la ciudadanía, pero cuando llegan a diputados, senadores, regidores, presidentes municipales, gobernadores, secretarios de Estado y presidentes de la República no miran y mucho menos sienten la realidad: la pobreza es un espejismo inducido por los enemigos políticos, el campo no enfrenta problemas y la inseguridad es una ilusión.

México se convierte en su propio Alicia en el país de las maravillas, donde nada es para tanto. Los funcionarios y políticos que defienden su encargo lo hacen por ambición de Poder y para lograrlo están dispuestos a llevar al cabo cualquier cosa: engañar, reír, llorar, enaltecer acciones y proteger lo indefendible.

Muchos políticos hacen proselitismo apropiándose de una imagen prefabricada, pero cuando llegan a la meta ya no actúan en función de la sociedad (que es el elemento trascendental para la democracia: demos=pueblo y chratos= autoridad), sino en relación a los intereses de su grupo propulsor, partido y los mass media.

La relación entre políticos, gobernantes, partidos, grupos de interés y medios de comunicación se traduce en transacción continua a costa de las mayorías. En esto ha caído el sistema democrático, que sólo busca convenir tratos favorables para los “elegidos”.

Por esto es que los políticos ofrecen votantes como carne de cañón y un cúmulo de capitales financieros y de tráfico de influencias a los clanes que integran la “familia partidocrática”, aprobaciones al gobierno en turno, canonjías a los mecenas privados y a los medios de comunicación.

Los que llegan a los puestos de Poder se acomodan repartiendo contrataciones de publicidad, dádivas y remesas a la industria comunicacional, reporteros, paliativos a comunidades muy pequeñas, privilegios legales y extralegales a empresarios, compañeros legisladores y funcionarios del Estado y de su partido.

La puesta en escena de la sátira política comenzó al finalizar la Revolución mexicana cuando la Constitución de 1917 estableció un régimen democrático y un sistema político con clara división de Poderes, sin embargo en la práctica el modelo estuvo siempre sujeto de los alfileres de la voluntad del presidente en turno. Esto trajo como derivación un Poder metaconstitucional del Ejecutivo, ya que por decenios no hubo un Legislativo independiente y el Judicial estuvo subordinado al portador de la banda tricolor.

El equilibrio político no dependió del respeto a la Leyes que caracterizan a una verdadera división de Poderes republicano, sino de aspectos políticos, sociales y culturales. El presidencialismo mexicano creó, reprodujo y vigiló un paradigma autoritario para que la sociedad entendiera y actuara en política.

La cultura paternalista en donde el Presidente todo lo podía, todo sabía y todo imponía, fue por más de 71 años el elemento más destacado del sistema político mexicano. El “estilo personal de gobernar”, como lo acuñó Daniel Cosío Villegas, fue el factor decisivo para establecer las proporciones para hacer o dejar hacer en términos políticos y económicos. Independientemente de la eficacia de algunos actos, como por ejemplo: la expropiación petrolera en 1938 asumida en el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río; la nacionalización bancaria en 1982 bajo el edicto de Lópezportillo o la implantación del neoliberalismo por la administración de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988) y culminada por Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), la figura de Tlatoani estuvo colocada por encima de las exigencias sociales o de todo lo que no proviniera del Ejecutivo en turno y su séquito de funcionarios, familiares, amistades e incondicionales del partido hegemónico.

En el caso específico del aval legal: el voto (que es la razón más importante para la instauración y defensa del Poder político), la organización de las elecciones estuvo prácticamente controlaba por el presidente a través del secretario de Gobernación, quien presidía la Comisión Federal Electoral, creada en 1946, y posteriormente el Consejo General del Instituto Federal Electoral creado en 1990, hasta 1996, fecha de su completa “ciudadanización”.

A pesar de las incontables promesas de los gobiernos en turno, partidos políticos, candidatos institucionales u opositores y de organizaciones civiles que se conformaron al calor del denominado proceso de transición en el año 2000, lo cierto es que la alternancia, si bien desplazó al partido hegemónico, no transformó a la clase política ni rompió con el viejo régimen, tal y como lo señala el doctor Lorenzo Meyer.

En este sentido, la victoria del PAN puede ser interpretada como el flash en que la sociedad mexicana del siglo XX, recreada por la vía de la verticalidad, maduró al punto de hacer innecesario y disfuncional el instrumento político inicial de Poder –el partido de Estado (PRI)- y demandó que el Poder empezara a ser acotado y controlado de manera más institucional.

Pese a este avance, conforme se desarrollaron los acontecimientos del sexenio de Vicente Fox Quesada, quedó en claro que la alternancia, por sí misma, no resolvió el problema de la democracia, pues nunca estuvo sobre la mesa los conceptos y prácticas de pluralismo, tolerancia, justicia y bienestar.

En cualquier país del mundo por mucho menos se caen gobiernos, pero en México van y vienen administraciones y legislaturas y no pasa nada. En 1988 se “cayó” el sistema de cómputo que estaba contabilizando las votaciones, las cuales fueron supervisadas por la secretaría de Gobernación, dando el triunfo de la presidencia de la República a Carlos Salinas de Gortari.

En 1994 hubo una serie de fenómenos políticos (la aparición de una guerrilla del EZLN en la selva de Chiapas y los asesinatos de Luis Donaldo Colosio Murrieta y José Francisco Ruiz Massieu) y tampoco hubo asomo siquiera de un sacudimiento de las estructuras formales o metaconstitucionales.

Sólo por citar algunos de los múltiples casos de infamia más recientes detallaré que el INE confirmó que el expresidente Vicente Fox Quesada contaminó la elección y que los partidos políticos, las autoridades electorales y administrativas fueron incapaces de comprobar el treinta por ciento de los gastos por difusión en los medios de comunicación electrónicos, donde se erogó el ochenta por ciento de los recursos generales de las campañas políticas.

Lo antes dicho se aprecia mejor cuantitativamente: hubo 281 mil spots que no pudieron sustentar el PAN y la partidocracia. Finalmente todo quedo en escándalo mediático y después la desmemoria.

Los altos y bajos perfiles que tienen los detentadores del Poder resultan amparo para el cinismo y la impunidad. Por ejemplo, las propiedades y fundaciones de la familia Fox Sahagún, así como su “rancho” en San Cristóbal, Guanajuato, acondicionado bajo la protección y recursos públicos, son verdaderos escenarios de la desvergüenza de presentarse en revistas y talkshows como gente del jet set, mientras que las “preocupaciones” por los millones de mexicanos pobres quedaron olvidadas.

La desfachatez se reproduce en todas direcciones, toda vez que los políticos jurásicos, los de nuevo cuño y servidores públicos del momento se regodean de los beneficios materiales que otorga el Poder, dejando en el vacío cualquier demanda o acusación en contra de funcionarios o legisladores actuales o los que antecedieron.

Los gobiernos municipal, estatal o federal, diputados, senadores y miembros de la las cortes judiciales representan en sí mismos los recintos predilectos del cinismo rapaz, donde la procacidad y la corrupción sobrevuelan como buitres que nos advierten que estamos en un sistema político que lo menos que le importa es la gente.

La sociedad secuestrada en la ideología dominante actúa reactivamente, limitándose a desarrollar sus actividades cotidianas, cargada de un desapego a la res (la cosa) pública, ya sea por conformismo o porque no le queda de otra. Y como esta situación ha sido soportada por muchos sexenios, los poseedores del Poder sienten que la inmovilidad será eterna y cada vez más exhiben sus miserias en discursos televisados, debates en las cámaras legislativas y en los cientos de actos de inauguración de obras.

En el segundo mandato panista (2006-2012), que presumiblemente fue etiquetado como “consolidación del cambio democrático”, partidos, políticos y empresarios favorecidos por el modelo político autoritario, no guardan proporciones de recato: hacen alarde de reuniones entre bambalinas, de alianzas entre opositores que en teoría son imposibles, y del manejo de enormes partidas presupuestales para perpetuar beneficios personales y grupales, traducidos en automóviles, inmuebles, joyas, viajes, cuentas bancarias, indemnizaciones inexplicables, viáticos, recursos humanos para uso personal, etc.

¿Cómo es posible que los ciudadanos crean y confíen todavía en la democracia? Simplemente por la imposición permanente de la supraestructura ideológica que oculta que partidos, plataformas programáticas y candidatos no provienen de un consenso de las bases militantes y/o societales, sino de los grupúsculos elitistas que van definiendo cómo, cuándo y dónde materializar sus intereses de clase.

¿Cómo hacer que la sociedad sienta suyo el país, cuando las listas plurinominales esconden las intenciones de envolver los cargos legislativos, para echar a andar iniciativas que favorezcan a empresarios, gobernadores y al mismo presidente, que ayudaron a obtener el triunfo de la contienda electoral?

Y a pesar de que los escándalos del sistema político rallan en lo inaudito, que harían suponer un levantamiento de las clases sociales oprimidas, no pasa nada. Muchos intelectuales orgánicos, periodistas y miembros de los partidos “grandes” someten dichas incongruencias al círculo de la sátira mexicana, que de todo se ríe aunque a los ciudadanos se los esté llevando la pomposa calavera inmortalizada por José Guadalupe Posada.

Falta mucho…….nos falta mucho para que todos unidos en una cruzada por México quitemos las caretas de la democracia procedimental y vertical y fijemos en la mesa del debate y la acción, la democracia horizontal para ser una mejor ciudad, estado y país.

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Violencia, poder y psique social

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Por Baltasar Hernández Gómez

La violencia no es un efecto, sino causa social que forma parte fundamental para la ejecución de los procesos de dominación. Hablar de violencia no se limita al recuento de daños y perjuicios generados por ciudadanos que rompieron su equilibrio mental, o bien, organismos públicos y privados que provocaron crisis y dolor, sino al conjunto ideológico, cultural y material que está inmerso en las conductas sociales de los individuos y las instituciones, lo cual provoca estragos tangibles e intangibles, tanto en el ámbito físico, psicológico y emocional.

La violencia es un elemento constitutivo del PODER, entendida esta categoría política como la capacidad que posee un individuo o entidad para lograr que otros realicen actos que por sí mismos no llevarían a cabo. Luego entonces, violencia y poder caminan de la mano cuando el ejercicio real de la política (la cual está íntimamente ligada a la Polis, ciudad-Estado, centro, principio y fin de la sociedad y de cada uno de sus miembros) se convierte en una sucesión interminable de intereses particulares o grupales, pero no de las mayorías.

La violencia no se da única y exclusivamente en el seno familiar, en los centros de trabajo o en las relaciones interpersonales, sino sobre todo en las conexiones entre los órganos públicos y el corpus societal cuando se desea imponer -a toda costa- planes y programas de cobertura amplia sin los adecuados consensos.

Basta recordar que uno de los dos aparatos de dominación que integran la estructura de, los Estados nacionales, de acuerdo a la óptica de Althusser, es el represivo, es decir, el conglomerado normativo-legislativo y las fuerzas operativas que resguardan el statu quo establecido.

Así pues, la violencia puede ser conceptualizada de muchas maneras y valorada como mala en la generalidad y buena en hechos específicos, como por ejemplo el castigo a cualquier tipo de actos ilícitos, sin embargo, resulta innegable que es apreciada vívidamente en las golpizas propinadas por un familiar a un hijo, esposa, sobrino e incluso a los ancianos; en la contención de una manifestación opositora a políticas públicas; en el verbo que se estrella en la dignidad de un trabajador manual o intelectual; en el ordenamiento psicológico, físico o emocional que se da a las personas contra su propia voluntad.

La violencia hoy en día ha cobrado magnitudes extremas por el recrudecimiento de la inseguridad, pues la sociedad percibe y siente -en lo muy cercano- los trastornos producidos por asesinatos, extorsiones, secuestros, acosos, prostitución, trata de blancas, pederastia, etc.

Por mucho tiempo la violencia pretendía ocultarse en las paredes de hogares, en los cubículos de oficinas de gobierno, en las empresas privadas, en la soledad o en compañía de testigos mudos y, aunque muchos fingían decirlo voz en alto, los señalamientos eran hechos en la lejanía.

La violencia originada por la aceptación consensuada o a forciori de modelos culturales es la más sentida ¿Cómo no sentirnos indignados por los golpes propinados por padres o familiares contra mujeres, niños y ancianos? ¿Cómo no estremecernos ante la subvaloración del jefe laboral, profesor, líder, político o funcionario que menosprecia y devalúa constantemente a sus subordinados o seguidores?

¿Cómo no preocuparnos ante la crecida del bullying, sexting y mobbing que se practica todos los días ante el silencio, ineptitud o desdén de paterfamilias, autoridades, empresarios, legisladores, políticos, intelectuales, comunicadores, asociaciones civiles, profesionistas y hasta sacerdotes?

Sólo que fuéramos de hierro o de piedra podríamos permanecer insensibles ante la ola de violencia ocasionada por gente que por norma emite regaños en exceso, que golpea, que da “madrizas”, como se dice en lenguaje simple y llano, sin ton ni son, que acosa y despide, que acosa sexualmente, que extorsiona, que presiona y da trato desigual a amigos, novios, esposos, familiares y compañeros de trabajo. Para muchas personas (afortunadamente cada vez menos) la violencia tiene una representación equivocada, pues les significa la falsa entrada al PODER.

Mal conceptualización y pésima materialización, ya que si se grita, golpea, manotea, reprime, castiga o quitan garantías individuales y derechos humanos no quiere decir que se está adquiriendo o acumulando fuerza o capacidad para ser “grandes”. Al contrario, quienes hacen estos infames actos se sumergen en un túnel de difícil salida, que terminan en el camino de la animadversión, soledad, depresión, reclusión y muerte.

Sabiendo lo anterior es imprescindible ubicar que la violencia social, política y económica no se combate prendiendo fuegos, o sea, no es con más violencia como se va a erradicar el trato inhumano hacia nuestros semejantes. En la historia hay lecciones de vida que nos permiten avizorar que las ideas y acciones de paz, tolerancia, inclusión, libertad y equidad van a gestar nuevos pensamientos, pero sobre todo nuevos códigos de comportamiento, que van incrustándose desde la etapa temprana de la niñez, para cimentarlas en las fases juveniles y adultas, en mujeres y hombres por igual. Ahí están prohombres como Gandhi, Martin Luther King, entre otros muchos, que han contribuido con su pensamiento y acción en siglos pasados.

Hay que decirlo y muy claro: la violencia no es un acto natural o entregado como “don” por alguna divinidad. Los humanos no nacemos ni somos violentos por naturaleza. Por tanto, tenemos que considerar a la violencia como una creación eminentemente social, no un fenómeno otorgado por la genética.

Por ello debemos asumir su eliminación para que no siga habiendo sociedades desequilibradas y miserables no sólo en el ámbito económico, sino sobre todo en lo emocional, psicológico y espiritual, que son elementos aparentemente intangibles, pero que cimentan las bases de nuevos seres humanos.

¿Qué hacer? Lo fundamental es erradicar “la cultura del miedo”, ya que éste pierde su función primaria de protección, para convertirse en un estereotipo de vida. La violencia engendra miedo, que pasa en algunos pasos a nivel de terror extremo, el cual provoca, entre otras cosas, un agotamiento emocional aún mayor que los episodios traumáticos de guerra, inclusive.

En este inicio del tercer milenio la violencia va aparejada con la desconfianza, la inseguridad y la poca certidumbre hacia el futuro y por eso es necesario que se ataquen todos los síntomas que producen debilidad y vulnerabilidad personal, así como sensación de desamparo.

Eliminar la violencia en cualquiera de sus configuraciones va a permitir que no se distorsione la naturaleza y la realidad de las cosas y, por encima de todo, va a unificar la red de redes de las relaciones sociales basadas en la confianza, en la solidaridad y compromiso de edificar una ciudad, un estado y un país más próspero y saludable en todos los sentidos, no sólo en lo inmediato, sino a largo plazo.

No hay que olvidar que la violencia no solamente forja relatos de miedo, estragos fisiológicos, que incluyen pulso acelerado, sudoración, temblores corporales, tics nerviosos, exabruptos, enojos, jaquecas, diarreas y fatigas, sino terrores que fracturan el tejido social desde la casa, la escuela, el gobierno y las conductas sociales que se dan a ras del suelo en el mundo de la vida.

La violencia aquí y ahora está, la vemos, olemos y sentimos, pero no por esto debemos aceptarla o darla como un hecho imposible de cambiar. Por tanto, mi ponencia no expone el problema, sino también propone una serie de ideas sustentables, como sigue:

1) Asignaturas curriculares en todos los niveles educativos escolarizados y semiescolarizados;

2) Programas de sensibilización e información sobre el horror que provocan todas las manifestaciones psicológicas y físicas que trae aparejada la violencia;

3) Cursos, talleres que certifiquen la comprensión, aceptación y cumplimiento de una nueva cultura para la construcción de una convivencia social armónica por parte de funcionarios, empleados públicos, miembros de las fuerzas armadas, policías, ministerios públicos, jueces, legisladores, profesores, comunicadores, etc.;

4) Escuela para padres;

5) Programas de concientización sobre los peligros para la salud física, psicológica y emocional de niños, mujeres y adultos mayores de los efectos provocados por la violencia intrafamiliar;

6) Programa de atención y respuesta a personas que viven y sufren la violencia, a través de contactos telefónicos y modulares que den seguimiento;

7) Legislaciones que regulen y castiguen a quienes ejerzan la violencia en todas sus modalidades, y

8) Programa integral de terapias de atención y readaptación para padres, hijos, empleadores, funcionarios públicos, gobernantes, políticos, empresarios, etc.

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Volver a ser un guerrero

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[Un tributo a mi patria chica, el estado de Guerrero, México]

Por Baltasar Hernández Gómez

Soy de la tierra donde los jaguares recorren algunas zonas de la sierra madre occidental. Soy de las costas que inundan de brisa mis actos íntimos y externos. Soy de la montaña que derrama olor y nostalgia de la cultura prehispánica y mestiza. Soy de los valles centrales que con las manos de sus artistas pintan de color jícaras y maderas, para enaltecer casas y recintos.

Soy del terruño caliente que empuja a mujeres y hombres a trabajar con lo que ofrece la naturaleza. Soy del universo geográfico que se va al infinito otorgando sonidos y toques de pasado histórico combinados con modernidad.

Soy del mundo que mucho se habla con la “CH” porque la mayoría somos “chingones” para efectuar tareas cotidianas y porque la misma “CH” no es la suma de la “C” y la “H”, sino una letra cuyo significado se pronuncia con ese golpe de voz tremendo que es “cha, che, chi, cho y chu”, que sabe decir, pero sobre todo hacer sentir la connotación de miles de palabras en el castellano mexicanizado.

Soy garganta que puede deleitarse al tomar “chilate”. Soy cuerpo que anda “chirundo” para que el sol palpe los pliegues de la edad. Soy padre de una “chamaca” que con su risa me hace olvidar perfidias. Soy espectador de lo “chando” en que se ha convertido la vida en algunas ciudades y soy estómago que digiere “enchiladas” de aire con un buen atole de arroz.

Y soy, al igual que otras tres millones ochocientos mil personas, herencia del “aporreadillo”, del “relleno” de “cuche” que se mete en un bolillo cocido a leña. Soy, y al ser, somos el pan costeño que se le llama “ponte duro”, que se remoja en café bajado de Atoyac. Soy y somos el “requesón” y el “jocoque” que visten de blanco los frijoles negros.

No obstante, de ser lo que somos y de que conformamos un ADN de sangre e historia colmada de heroicidad, de escritos universales, de pensadores inmortales, de canciones de amor y pasión, de comida fantástica, de expresiones coloridas en arte y ropa, de costumbres ancestrales que nos reivindican como raza valiente, creativa y noble; nos hemos convertido en piezas de un engranaje social enmohecido que detuvo su andar ante las adversidades.

En lugar de recobrar lo “guerrero” de Guerrero, nos hemos vuelto granos de arena, en entes que no se saben ni reconocen como sujetos activos. Al contrario, de individuos pensantes hemos pasado a formar un ejército de zombis que soportan todo sin hacer nada ante la oleada de barbarie y sin razón.

De “guerreros” hemos pasado a ser la cola del atraso nacional; en voz silenciada que todo acata y que siempre va a la retaguardia, en acción paralizada por el terror, el hastío, la indiferencia y la falta de ganas para ser otra cosa de lo que nos hemos transformado.

En fin, como dice una estrofa musical….”Soy aquel dolor de ser…..”, perdidos en mil filosofías y con las coyunturas del cuerpo adormecidas que admiten la infamia de la miseria política, social y económica como si fuera algo imposible de erradicar.

En el instante sublime que tenemos para transformar las amenazas en oportunidades de crecimiento, devolver los ojos y los corazones a lo humano, de recuperar el amor, la solidaridad, compromiso y solidaridad, para hacer de Guerrero, México y el planeta sitios de convivencia armónica; nos hemos visto opacados, discriminados y despreciados por nosotros mismos.

Las preguntas circundan los pensamientos y nos hay respuestas a bote pronto ¿Cuándo es la hora de la metamorfosis? ¿Hasta que llegue la muerte a las casas? ¿Hasta que estemos falleciendo de hambre por la falta de empleos? ¿Hasta que las enfermedades producidas por la pobreza física y mental nos quiten las fuerzas por vivir?

¿Hasta que nos golpeen, roben, secuestren o desaparezcan? ¿Hasta que los malos políticos nos arrebaten todo el patrimonio que aún nos queda? ¿Hasta que el amigo, vecino, compañero o familiar se conviertan en enemigos por hambre y sed de justicia o simplemente por supervivencia?

Estoy seguro de que no, pues la situación que padecemos (inseguridad, crisis, demérito de valores, autoritarismo, engaños, etc.) debe ser catapulta para que comencemos a participar conscientemente en la construcción de un país con mayor calidad de vida.

Lo único que nos queda por hacer es luchar en nuestros entornos de existencia y así realmente cambiar para bien. Tenemos que luchar para hacer de nuestras casas lugares democráticos, abiertos e incluyentes. Pugnemos porque en nuestros trabajos haya compañerismo para realizar labores que coadyuven a prosperar lo espiritual y material en su justo equilibrio.

Debemos pugnar para salir a las calles y exigir respeto y cumplimiento de las promesas ofertadas en campañas. No queda de otra más que hacer de los guerrerenses “guerreros” para que no haya miserias. Hagamos del estado, de México y la Tierra espacios para el desarrollo igualitario y permanente donde niños, jóvenes y adultos puedan disfrutar de todas las maravillas que nos ofrece el mundo de la vida.

Estoy convencido que un buen plato de pozole verde puede ser la gran ocasión para el regocijo y la recarga de energía. No permitamos que los asesinos de cuerpos y almas nos sigan robando lo que es nuestro. En las marchas se sigue escuchando ¡El pueblo unido jamás será vencido! ¿Será?……………Seguro que sí.

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Elimina a los débiles y a los fracasados

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La reproducción del poder político y el poder de la violencia a través del pensamiento de Nietzsche.

Por Baltasar Hernández Gómez

En el último tercio del siglo XIX Friedrich Nietzsche armó un cuerpo de escritos y reflexiones con la intención de mostrar la actitud despreciativa de los poderosos hacia los desposeídos y la urgencia para reconstruir estructuras sociales, educativas, culturales, con el propósito de procrear lo que él nombró “superhombres”.

Estos tendrían la tarea de salvar al mundo de la mediocridad, asumiendo la redención de la humanidad por medio de la eliminación de los preceptos cristianos que tanto han influido a la civilización occidental.

¡Los débiles y los fracasados deben perecer! fue el grito de guerra para el exterminio de lo que consideraba flaqueza social. El creador de El Anticristo y Así habló Zaratustra, entre otras obras, pudo influenciar a muchas mujeres y hombres del siglo XX que estuvieron o están en un entorno de poder. Uno de los discípulos indirectos de su corriente de pensamiento fue Adolfo Hitler, quien convirtió la doctrina nazi [militarista-discriminatoria-autoritaria-esotérica] en una religión pangermánica durante el periodo 1930-1945.

¿Qué significa dar muerte a débiles y fracasados? El no reconocimiento de las desigualdades en el complejo tejido de las relaciones sociales, pues aceptar que hay fragilidad y desolación en el género humano es lo mismo que validar las múltiples y variadas teorías de superioridad de raza, credo, género o condición económica.

Tal aseveración estuvo dirigida a la defensa del axioma “el pez grande se come al más chico”, tratando de permutar la supervivencia animal en valor supremo de la sociedad. Desde esta óptica muchos Estados contemporáneos y sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales asienten que la debilidad y el fracaso forman parte de la idiosincrasia ciudadana que no está preparada para solventar por sí misma las diferencias entre los que tienen en demasía, los que tienen lo suficiente, los que tienen poco o los que viven infrahumanamente.

¡Allá ellos! Musitan los guardianes del sistema de vida prevaleciente, mientras millones de personas se extimguen en la miseria. El gran porcentaje de ellos desafortunadamente tienen un proceso de vida corto, pues la muerte llega muy rápido por la falta de alimentos, medicinas y alicientes que nutran su cuerpo, intelecto y espiritualidad. Los detentadores del poder político y económico se han erigido en la “casta divina” que se apropió del derecho a dirigir los destinos de las masas. La clase dominante se apropió de los medios de producción y reproducción social negando el acceso de las mayorías al bienestar, sumiéndolas en dependencia absoluta.

Por eso la ideología proyectada desde la cúpula recalca incesantemente que, quienes no pueden educarse, capacitarse, actualizarse y emplearse, ¡Pobres! ¡Ni modo! ¡Así les tocó vivir! ¡No es culpa de nadie! A lo sumo programas asistencialistas, circo y poco, poquísimo pan, para seguir reproduciendo el statu quo.

Lo que es injusticia ha quedado incrustada como filosofía que admite que las desgracias personales y colectivas tienen su origen en la ineptitud: la “élite” cree que millones de personas padecen los estragos de la pobreza porque simplemente no quieren ser mejores.

Desde esta perspectiva, la sociedad tiene la culpa de sus desgracias, porque si no tienen para comer, vestirse, curarse, cultivarse, ejercitarse, albergarse y divertirse es porque no han tenido las “agallas” suficientes para salir de su mediocridad. A los débiles y fracasados hay que proveerlos de misericordia a través de programas coyunturales y panaceas falsas en los tres órdenes de gobierno, que atenuen algunas necesidades básicas, pero no más.

A la fragilidad física y mental se le sobrepone la etiqueta “ecosistema artificial” que funge como parapeto cuya función es la extirpación de elementos dañinos o fuera de lugar. Así pues los autores de la posmodernidad hacen creer que los miserables -más temprano que tarde- enfrentarán crisis existenciales y de sobrevivencia que los llevará a la conformidad total, o bien, al exilio y extinción.

A millones de jóvenes y adultos que requieren bienes y servicios públicos sólo les son devueltas pequeñas dosis de propaganda política y programas temporales para tenerlos en latencia (stand by, utilizando un término anglosajón para determinar latencia), que los orille a aceptar incondicionalmente las propuestas de políticos, gobernantes o empresarios.

Año tras año el desempleo, la carestía y la falta de oportunidades engrosan los batallones de pobres y extremo-pobres que son moldeados en entidades debilitadas que, al no ver concretadas sus aspiraciones a corto y mediano plazo, hacen suyo el reconocimiento de ser fracasados. A estos -diría Nietzsche y partidarios de las ideas publicadas- no deben dárseles ningún tipo de consideraciones, sino eliminarlos en forma paulatina.

En el caso de México quiero subrayar que Porfirio Díaz Mori no cejó en afirmar que el país estaba constituido por adultos ignorantes, ingenuos e improductivos y por ello era imprescindible su figura al frente de la presidencia. Más acá, o sea, desde el inicio del tercer milenio, los presidentes panistas (Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa) han repetido sin cesar que la alternancia, confundida a propósito como transición, debe concretarse poco a poco, remarcando las supuestas bondades del neoconservadurismo que establece que “la fe, esperanza y caridad son los factores que todo lo pueden, a pesar de las adversidades”.

Lo único comprobable ha sido que en cien días o doce años las desigualdades no sólo persistieron, sino que aumentaron exponencialmente. Ya con Peña Nieto la ignorancia fue virtud y con el actual presidente la ignorancia es el grito que debe distinguir a la ciudadanía para que no haya crítica a sus programas de gobierno. Hoy en día con López Obrador las situaciones persisten, pero de utiliza otro tipo de mecanismos de dominación y lenguajes distintos, pero con fines similares.

En la mente de muchos políticos, gobernantes, empresarios, industriales y financieros, militares, jueces y sacerdotes los pobres y fracasados siempre han sido una constante, una especie de mal necesario en las distintas etapas históricas de la humanidad.

Hoy en día son tratados como “daño colateral”, debiendo reconfortárseles con acciones emolientes que disfracen pesares con la premisa de que en una vida futura (más allá de la muerte) podrán encontrar lo negado en el plano físico. En los países del “tercer mundo, emergentes o en vías de desarrollo” las clases subordinadas son los débiles y fracasados, y hacia ellos están dirigidas las baterías de dominación, con el propósito de que todo transite por el riel del progreso para unos pocos.

Las pandemias, el hambre, la inanición, la ignorancia, la segregación, el sentimiento de inferioridad y la desolación son vistas como parte intrínseca de la pertenencia de millones de personas a su estado de miseria.

De esta manera los pobres son vistos como problema soportable, toda vez que sirven para dar persistencia al establishment. “La visión de los vencedores” [parafraseando el título de libro más conocido del historiador Miguel León Portilla La visión de los vencidos, Editorial UNAM, México] persigue inocular en la psique social la idea de que lo mejor es soportarlos porque son mano de obra barata y siempre disponible.

Los poderosos piensan que hay que ayudarlos para que subsistan sin salirse de su indigencia. Hay que dotarlos de lo mínimo para que no exijan más. Hay que idiotizarlos para que no insistan en seguir yendo a las instituciones educativas. Hay que darles cultura a través de productos nacionalistas para que no piensen más allá de sus límites existenciales.

El poder político no sólo es ejercido por la violencia de los aparatos represivos del Estado, por un lado y los grupos del crimen organizado por el otro, sino también por medio de políticas gubernativas que fincan salarios de sobrevivencia; bienes y servicios públicos deplorables, o bien, campañas ideologizantes de temor, conformismo y pasividad.

En la élite existe una infinidad de pensamientos torcidos para argumentar que si los débiles y fracasados mueren por enfermedades, hambre, epidemias descontroladas o por las balas de los bandos en guerra (la lucha de los “buenos” del gobierno contra los “malos” del crimen organizado) habrá otros miles y miles más que los suplan.

Esta filosofía elitista se traduce en insensibilidad, omisión, desprecio, deshonestidad, bajeza e irresponsabilidad, en virtud que la miseria material y espiritual, que se puede sentir en lo concreto de la cotidianeidad, trata de ser revertida como representación simbólica de debilidad y fracaso. Claro está que en esto no hay nada de natural como procura imponer la estructura ideológica del Estado y su clase dominante, pues la penuria nunca ha sido ni será condición humana.

Mientras perdure la desigualdad sistémica los pobres seguirán siendo el hilo más delgado de los lazos sociales, sin embargo, cuando las cuerdas se junten no habrá programas gubernamentales que detengan las acciones ciudadanas que transformen la pobreza en abundancia: si esto fuera así, la debilidad y fracaso serán cambiadas por fortaleza y triunfo. Algún día, claro, algún día.

Lo más seguro es que se seguirán soportando los experimentos de los detentadores del poder, que arrinconan a “los débiles y fracasados” a una guerra sin cuartel donde los saldos son decenas y decenas de miles de cadáveres a consecuencia de hambre, balas, granadas, bombas, inflación, desempleo, extorsiones, secuestros, desapariciones, robos y falta de oportunidades. ¿Hasta cuándo?

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